Habitar la violencia. A propósito de «Lima en la pantalla»

Sha Sha Gutiérrez

¿Cómo nos organiza una ciudad como Lima? ¿En qué sentido nos enseña “nuestro lugar”? En Lima en la pantalla (2026), Cynthia Vich analiza la representación de este espacio en una serie de películas peruanas que ponen de manifiesto la heterogeneidad cultural de sus habitantes, la desconfianza por el otro, el hastío frente al tráfico y la consolidación de un modelo neoliberal que privilegia el crecimiento del Producto Interno Bruto antes que el desarrollo económico. Para ello, la autora decide trabajar con largometrajes (en su mayoría, de ficción) producidos en el presente siglo, para así identificar los cambios de una ciudad que ha dejado atrás los estragos del conflicto armado interno: “Para muchos peruanos –especialmente para los jóvenes– el Perú de ese entonces parecía estar cayendo en un abismo para el que pocos podían imaginar una salida” (11). ¿Hemos escapado realmente del abismo? Pareciera que hubiera tomado otra forma, con la agudización de la crisis política y la creciente ola de inseguridad ciudadana debido a las extorsiones y las leyes pro-crimen promovidas y promulgadas por el Congreso de la República. Se respira, entonces, un aire de impunidad y desencanto. Ya lo dijo Carmen Ollé en Noches de adrenalina: “Lima es una ciudad como yo una utopía de mujer” (13). Así, pues, en las películas analizadas por Vich, Lima es un proyecto de modernidad inconcluso, dado que “los sujetos que la habitan recorren la ciudad de manera angustiosa, y más aún si se trata de mujeres” racializadas y de la clase trabajadora (310).

Las películas analizadas por Vich son Rosa Chumbe (2015) de Jonatan Relayze (Lima, 1981); El limpiador (2012) de Adrián Saba (Madrid, 1988); Magallanes (2015) de Salvador del Solar (Lima, 1970); La teta asustada (2009) de Claudia Llosa (Lima, 1976); Paraíso (2009) de Héctor Gálvez (Lima, 1974); 1 (2008), 2 (2009), 3 (2010), 4 (2011), 5 (2014) y 6 (2016) de Eduardo Quispe Alarcón (Ayacucho, 1980); y A punto de despegar (2015) de Robinson Díaz Sifuentes (Lima) y Lorena Best (Lima). Estamos, entonces, frente a un cine canónico –sobre todo limeño–, estudiado profusamente por la academia y la crítica. En ese sentido, ¿qué nuevas lecturas pueden surgir de La teta asustada, Paraíso y Magallanes? La organización del libro es clave para responder esta pregunta, pues la distribución de los capítulos no sigue una línea cronológica. Empezamos con el análisis de Rosa Chumbe y terminamos con A punto de despegar para marcar el paso del desengaño a la necesidad de forjar redes comunitarias en una ciudad que pareciera haberse vuelto inhabitable. En esta línea, la Lima distópica de El limpiador no está muy lejos de la Lima de Julio Ramón Ribeyro en el cuento “Los gallinazos sin plumas”, para quien “la ciudad, despierta y viva, abría ante [los protagonistas] su gigantesca mandíbula” (18, los corchetes son míos). Esta visión monstruosa de la capital se contrapone con la imagen del árbol en el desierto en Paraíso y la higuerilla en “Al pie del acantilado”, otro de los cuentos de Ribeyro. En este relato, un hombre dedicado a la venta de pescado y chatarra busca echar raíces en los márgenes de la ciudad, donde las autoridades no puedan alcanzar a su familia ni desalojarla. Por ello, el narrador-protagonista señala que “buscaba, buscaba siempre, por uno y otro lado, el único lugar. Todo me parecía tan seco, tan abandonado. No crecía ni la campanilla ni el mastuerzo” hasta que, de pronto, “contra el acantilado, entre las conchas blancas, crecía una higuerilla” (31, las cursivas son mías). Allí el personaje erige su nueva casa de esteras con la esperanza de no volver a ser desalojado. Por tanto, Lima puede ser un lugar hostil, pero también el lugar en el que uno se resiste a desaparecer.

Siguiendo esta línea de análisis, el espacio del asentamiento humano cobra especial interés en el libro de Vich, puesto que devela el carácter profundamente desigual de la capital. Mientras unos tienen acceso a áreas verdes, otros viven sobre el arenal sin acceso a servicios básicos. En este sentido, Lima nos organiza y nos enseña “nuestro lugar”. Tanto esta expresión como la de “ubícate” –de uso frecuente hasta no hace mucho– dejan constancia de un sistema rígido de castas. Por ello, habitamos la violencia de sus calles y esquinas, soportando la falta de un sistema de transporte público integrado y la falta de espacios comunes de encuentro más allá de los malls. En este aspecto, podríamos dialogar con una novela como Mano de obra de la chilena Diamela Eltit, en la que, a través de la historia de un grupo de trabajadores de un supermercado, encontramos una crítica a los efectos del neoliberalismo en la vida social y psíquica de los individuos, quienes terminarían sufriendo un proceso de deshumanización como muchos de los personajes analizados por Vich. Pensemos, a manera de ejemplo, en Rosa Chumbe, protagonista de la película homónima de Jonatan Relayze, quien tiene una relación conflictiva con su hija, su trabajo y la ciudad de Lima. Su uniforme policial no inspira respeto ni representa ningún orden en una sociedad que ha normalizado la precariedad en sus distintas manifestaciones. Su hija, por otra parte, parecería no poder escapar de este horizonte de falta de oportunidades, porque “no solo es una trabajadora informal, sino que ‘vende’ llamadas, ni siquiera teléfonos, a aquellos que no pueden permitirse comprar uno”. Así, el filme da cuenta de “aquella economía informal que constituye el rostro más común de la globalización entre las mayorías del neoliberalismo del Sur Global” (Vich, 98).

Bajo este prisma de lectura, entendemos mejor la permanente mueca de disgusto de Rosa Chumbe. Su amargura es un mecanismo de autodefensa frente a la “criollada” de la cual ella también es presa. El análisis de estos gestos a partir de fotogramas seleccionados en el libro contribuye a la discusión que propone la autora en torno a la relación entre mujer, nación y ciudad en el cine peruano contemporáneo, tema poco abordado por la crítica desde los estudios urbanísticos o el giro espacial. Así, la Lima del siglo XXI estaría indudablemente marcada por los fantasmas y los deudos de la guerra interna –como lo prueban La teta asustada y Magallanes, películas de gran circulación fuera y dentro del Perú–, pero también por la consolidación de un modelo económico que ha debilitado nuestro tejido social y nos ha hecho creer que hoy cada quien “baila con su propio pañuelo”.


Imagen central: Fotograma, en blanco y negro, de Rosa Chumbe (2015), de Jonatan Relayze Chiang


Cynthia Vich, Lima en la pantalla. Sujeto y espacio urbano en el cine peruano del nuevo milenio. Lima: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2026.

02.10.2026


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