Hace un tiempo, por diversas razones, me interesé en los textos que los escritores dedican a sus madres. Pienso, por ejemplo, en el estremecedor libro que Albert Cohen consagra a la suya, un breve relato que, si bien entiendo, le tomó muchos años culminar. ¿Cómo objetivar en pocas palabras una relación, atravesada por lo visceral, que va más allá de la lucidez? También recuerdo los escritos que Marguerite Yourcenar o Simone de Beauvoir dedican a sus madres, quiénes fueron, el vínculo que tuvieron con ellas, las emociones, los gestos, las manías que pautaron las relaciones maternofiliales. Muy rápidamente, me di cuenta de que casi todos los autores que dedicaron páginas a recordar la figura materna provenían de una mediana o alta burguesía, por no hablar de una aristocracia de viejo cuño como la de Yourcenar. Desde luego, entre las lecturas que iba encontrando, había excepciones como Annie Ernaux, pero eran tan escasas que confirmaban la explicación que encontré. Me refiero al hecho de que quien escribe sobre sus ascendientes lo hace a partir de una certeza clara, la de quien hereda las palabras que acompañan desde siempre a su tribu. Quien nace en la intemperie apenas posee balbuceos que muy pronto se convierten en olvido; si quiere ser escritor antes que nada debe conquistar un lenguaje que, por ajeno, lo expulsa, lo repele, no lo reconoce.
Quya Reina (1985) es una autora boliviana nacida en El Alto. En la solapa de Los hijos de Goni (2022, reedición de 2025) se lee que es “hija de Filomeno Suxo y Adela Copa Copa, originarios de la comunidad de Colque Baja, provincia Pacajes en La Paz, Bolivia”. El que nos entregue tantas precisiones geográficas debe ser entendido como la voluntad de situar en el mapa regiones marginadas que no gozan del convencional y arbitrario prestigio de otras ciudades como Madrid, México o Buenos Aires. En consecuencia, al igual que la “insignificancia” de los padres, la poca relevancia de la localidad atiza la necesidad de entregarle un sentido (o varios) mediante las palabras. Son palabras que, precisamente, desde el primer texto, cuyo título es el del libro, marcan una distancia en las filiaciones:
Yo conocí a Goni por mi papá, ya que nos contaba también que, aparte de odiar a los pobres, odiaba a todo aquello con lo que mi familia se identificaba: ¡Ustedes son hijos de campesinos, hijos de aymaras! ¡No pueden comportarse como hijos de ese q’ara!
Ser “hijo de Goni” era un insulto para mis hermanas y para mí, así que quien recibía ese denominativo, cualquiera de nosotras, estaba marcada y advertida: debía cambiar su actitud y comerse, en ese instante, hasta las cáscaras que se tiraban al piso. Así lo hizo mi hermana menor: la hija de Goni (solo por dos minutos). Pero claro, ¡qué se creía mi hermana!, pensé. Desde niña ya tenía ese pensamiento:
No somos hijos del gringo, no podemos sobrar comida en el plato (13-14).
En Bolivia, en El Alto, hay diferencias marcadas en las filiaciones. Por un lado, están los hijos de Goni “presidente […] que se cree ‘blanco’, un racista que venía a imponernos sus normas morales y religiosas que odiaba a los pobres, etc.» (13); mientras que por el otro están los “hijos de campesinos, hijos de aymaras”. En su crónica Quya Reyna conoce a Goni —quien, en su cualidad de presidente, debería haber tenido un ascendiente sobre toda la población— por intermedio de su propio padre, quien no duda en enfatizar la fractura. Gente como ella, rural y aymara, no reconoce como suyo a Goni; de ese modo, el relato de la patria unida y común resulta desde el inicio cuestionado. En esta medida, lo que le importa a quien escribe no es tanto encauzar sus recuerdos en un marco colectivo sino más bien en uno familiar —no reconocido, informal, hasta ninguneado— en localidades familiares como el hogar o la calle.
Los hijos de Goni es el primer libro de la autora, una suerte de homenaje y ajuste de cuentas con El Alto, donde pasó su infancia y juventud. Compuesto de diez crónicas y un postfacio, en sus páginas late el pulso de lo cotidiano. La autora se pone en escena a sí misma en los desayunos familiares, cuando va a tomar el transporte público, en las conversaciones con sus hermanos y amigos, durante las horas de trabajo. En fin, son escenas de la vida cotidiana que adquieren otra cualidad una vez que son narradas. Me refiero a la transitividad propuesta al lector, quien asiste, junto con la autora, a momentos que no le son ajenos, pero que a la vez reconoce como distintos. Ahí encuentro una de las mayores virtudes de Quya Reyna, su capacidad para enmarcar la singularidad de todos esos huérfanos aymaras, pero sin hacer de ella algo intraducible, por aislado o único. Por el contrario, quien pasa las páginas de su libro se encuentra con personajes que, con todas sus contradicciones, resultan tan entrañables como la ciudad donde deambulan. Tras cerrar el libro uno aún se siente sumergido en esa multitud de individuos que se han dado cita en el espacio urbano para competir entre sí o ayudarse mediante el sentimiento de comunidad. Son familias, como la de la autora, que buscan sin querer un punto de apoyo cuando el Estado apenas las escucha. Tanto es el abandono desde el cual existen y sostienen una lucha sorda contra el sistema. Una lucha que no tiene tanto de político como de estratégico, pues cada quien inventa y da forma a su propia estrategia para seguir teniendo con qué comer.
En este sentido, merecen una reflexión aparte los flujos monetarios planteados en las crónicas. Si la familia vive el día a día es porque, además de estar excluida del circuito económico, debe reinventarse sin cesar en sus actividades, siempre con la esperanza, del todo ilusoria, de que en algún momento podrá estabilizarse en algo que no sea la precariedad. Desde vender CD importados de Perú hasta publicaciones de tejido, sin contar los pequeños hurtos, los padres y hermanos de Quya Reyna convierten el hambre en todo un arte del olfato para captar dónde se puede ganar algo que permita la manutención. En efecto, la autora nos presenta situaciones donde los individuos carecen de medios para poder alimentarse, divertirse, sentirse legítimos en la ciudad. De ahí que los olvidados por el capitalismo compitan entre sí, sin dudar en acudir a la violencia, para proteger las escasas promesas de ingresos. Uno hasta se encuentra tentado de interpretar la sociedad representada por Quya Reyna como el último eslabón en la cadena de un neoliberalismo que causa estragos incluso en la intimidad doméstica. Sin embargo, quedarse con esa idea desnaturaliza los alcances de su libro.
En paralelo con las inquietudes y necesidades materiales, se articula toda una red de afectos familiares, amicales y sociales. Dicha red contrarresta la deshumanización relacionada con la necesidad de dinero y valoriza el contacto y los intercambios humanos. Ahí está por ejemplo la madre de la cronista que le da una segunda oportunidad para que se gane la vida y también para que recupere la confianza de los suyos. No sólo ella, sino también gente como la señora que en el mercado le deja un espacio, por más exiguo que éste sea, para que pueda vender sus revistas. Hasta se podría decir que antes que el dinero, lo verdaderamente importante es el gesto gratuito encarnado en los afectos, la solidaridad, la voluntad de extenderle la mano al otro. Si los individuos deben darse de codazos para existir en la ciudad, también es cierto que, desde la carencia material, entre ellos se intercambian gestos que contribuyen al aprendizaje de la joven. Esto explica que, además de contar sus lazos familiares, busca de una manera hacerlos extensivos a los desprotegidos como los animales callejeros. La crónica dedicada al perro enfermo que la autora-narradora recoge debe ser entendida en este marco. Por más triste que sea el final, el mensaje es claro: la familia no se restringe a la tribu, sino que es una categoría abierta en la que se abrigan los desposeídos, todos aquellos que, por la historia colonial, coincidentemente también son los despojados del neoliberalismo.
Quya Reyna ha formulado un libro familiar donde los padres antes que modelos son individuos con una multitud de carencias que, sin embargo, no les impiden amar. Un libro donde el relieve de la ciudad emerge con la frialdad de las calles y el calor de sus gentes. Un libro que reúne sus recuerdos de infancia en una sociedad, en una patria, desigual y fracturada. Ser aymara en Los hijos de Goni es vivir como un huérfano de las políticas gubernamentales, pero también en un entorno que reacciona con solidaridad frente a las crisis del Estado. Desde luego, esto no tiene nada que ver con la necesidad muy de nuevo milenio de valorizar el emprendimiento individual como manera de salir adelante y contribuir con un desarrollo cada vez más irreal. De lo que se trata es de marcar aún más la ausencia de políticas de una patria con demasiados huérfanos. Por contraste, frente a la actividad familiar, la ausencia del Estado resulta aún más escandalosa y flagrante. El libro de Quya Reyna, escrito en un idioma ágil, que privilegia las emociones y la experiencia, es el testimonio de la hija de una patria embustera, pero con padres llenos de contradicciones, sí, aunque aún más de afectos.
Imagen central de Daniel Alejandro Quiroga para «Los hijos de Goni, Quya Reyna, y sus crónicas aymaras, alteñas y bolivianas«, por Agustina Lescano. Pausa, 29 de junio de 2026.

Quya Reyna. Los hijos de Goni. Jujuy: Cerro Amarillo, 2025.
17.07.2026

