Un perdurable evento llamado «Trilce»

Félix Terrones

Ningún otro autor peruano encarna más paradojas que César Vallejo. Nacido en Santiago de Chuco y fallecido en París, Vallejo dio forma a una literatura donde se conjugaba innovación estética con una clara inquietud política. También, una poesía que los lectores asumen como profundamente peruana y a la vez universal. Si ya resulta difícil entender el empeño de ciertos lectores en forjar un Vallejo emblema de la peruanidad también es complejo comprender el esfuerzo inverso. Muchos, por ejemplo, enfatizan en el recuerdo del poeta peruano que vivió en el mismo París donde uno podía cruzarse con James Joyce, Pablo Picasso y Marcel Proust (como si esa cercanía con los grandes genios pudiera repercutir en la legitimidad del autor). Ahora bien, a juzgar por lo que escribió Ernesto More, en París, César Vallejo se interesó más en discutir con los amigos, conocer mujeres y la acción política que en buscar el compadrazgo de sus pares, por más europeos que fueran. Ya que la muerte lo encontró en la pobreza, uno está tentado de clamar injusticia, pero eso también sería faltar a la verdad. Porque, en la pobreza de César Vallejo, también se transparenta una elección vital, consecuencia de la lenta aceptación de la poesía como un destino y la resignación a formalizar una literatura que, por subversiva y rompedora, resultó siendo ilegible para la mayoría de sus contemporáneos.

Poco más de un siglo después de la publicación de Trilce (1922), la situación apenas ha cambiado. La estampa que hoy en día poseemos de César Vallejo no es tanto la que nos entrega la lectura de sus libros como, más bien, la cristalizada por las instituciones educativas y los medios. Ambos subrayan la imagen de un poeta profético, un andino melancólico extraviado en Europa, cuando no un individuo meditabundo e impenetrable. Así, por ejemplo, la célebre foto retomada para el billete de diez mil intis fue, originalmente, la imagen de un paseo con Georgette, en la que la nota de humor es entregada por el bastón que no se apoya en el suelo, pero que sirve de utilería para el lente fotográfico (habría que pensar en cuán deliberadas eran determinadas poses que Vallejo asumió para la posteridad literaria y cuánto influyeron en su lectura, pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo). Estamos orgullosos de que César Vallejo, el más grande poeta de la lengua, haya sido peruano, pero nunca lo hemos leído a cabalidad. Si lo hiciéramos, muchos nos llevaríamos, por ejemplo, más de una sorpresa frente a un autor enfáticamente a la izquierda del espectro político. Ya sabemos; nuestra época es la de los tibios centristas, cuando no de los conservadores, por más liberales que se proclamen.

Acabo de terminar de leer Contra todas las contras. 103 años de Trilce, el ensayo firmado por Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, dos de los más grandes especialistas actuales en la vida y obra del poeta de Santiago de Chuco. En la introducción, el libro se presenta a sí mismo como “inspirado en la exposición del mismo nombre curada por los autores, que se llevó a cabo en la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) para celebrar el centenario de Trilce en octubre de 2022” (9). Las efemérides justificaron la exposición, pero recordarlas en el libro puede quitarle méritos al resultado una vez publicado. Porque Contra todas las contras, en sus escasas páginas, es una coherente exploración del “antes, durante y después de Trilce” (9). Acudiendo a documentos de archivo, que van de recortes periodísticos a fotografías de época, ambos estudiosos reconstituyen el proceso de producción del poemario; la ruptura que representa en la poética del autor y también en la que le fue contemporánea; y, finalmente, la irregular acogida que tuvo el libro. Si ahora nos parece claro que es un poemario genial —evidencia que muchas veces se aparenta en una profesión de fe similar al entusiasmo por la cocina nacional— no ocurrió lo mismo en 1922. Los autores hacen alusión, por ejemplo, a la nota atribuida a Clemente Palma, quien “toma a Trilce para hacer un comentario jocoso sobre la actualidad política” (58). Incluso cuando se trataba de críticos favorables al poeta, como su paisano Antenor Orrego, los estudiosos detectan una lectura poco sensible a la propuesta de Vallejo que prefiere señalar aspectos vitales antes que literarios.

Aquí, cabe recordar, como lo hacen Fernández y Gianuzzi (43-52), la sensibilidad literaria de la época —dominada por el modernismo— con la cual dialoga y polemiza Trilce. Mucho se ha dicho con respecto a lo que yo llamaría la “generación espontánea” del poemario. Recuerdo, por ejemplo, las clases de literatura en la PUCP de Ricardo González Vigil, quien atribuía al periodo en la prisión sufrido por el poeta algo más que alcances biográficos. Para González Vigil, la prisión habría cristalizado una forma de vanguardia personal y paralela a la europea. Sin haberse nutrido de las inquietudes estéticas europeas, encerrado en las “cuatro paredes alicantinas”, aislado en su periferia global, Vallejo habría alcanzado cotas altísimas de experimentación formal. Desde luego, la teoría del aislamiento no aclara por qué razón nunca más se repitió un fenómeno similar en lo que muchos consideran los arrabales de occidente, más por complejo colonial que por verdadera comprensión de los fenómenos estéticos. Los editores de Contra todas las contras evitan apuntar en el mismo sentido, sin necesariamente proponer un César Vallejo completamente imbuido de dadaísmo y otras expresiones poéticas que encarnaron la modernidad en aquel entonces. Antes bien, perfilan a un autor pendiente de las actualidades estéticas de su tiempo, sin que esto signifique que las haya aceptado acríticamente o con la voluntad de sintonizar oportunamente con el Zeitgeist. De ahí que Trilce exprese más bien una original metabolización de la poesía en español, junto con una visión personalísima del quehacer poético, la cual mezcla vocación por lo inusual con capacidad de reificación de lo cotidiano, sin olvidar el humor tan personal ni esa tensión erótica que subyace a varios versos. Esto explica que, frente a Altazor de Vicente Huidobro, por citar uno de los poemarios más o menos contemporáneos, un siglo después, la poesía de César Vallejo salga mejor parada. Ahí cuando Altazor puede resultar un amasijo de fórmulas y convenciones que se pretendieron rompedoras pero que resultan caducas para una lectura actual, Trilce extraña en la vigencia de su crispamiento idiomático y vértigo existencial.

Otro aspecto que me pareció particularmente atractivo durante la lectura es el énfasis en el proceso editorial de Trilce. Es conocido que Honoré de Balzac poseía grandes conocimientos en imprenta, los cuales puso al servicio tanto de la publicación como de la difusión de sus obras. No olvidemos que, en novelas como Les illusions perdues, el francés dejó un retrato penetrante del funcionamiento y los alcances de la imprenta. El tránsito entre la propia experiencia y la obra literaria se manifestaría también en Trilce, según Fernández y Gianuzzi, quienes recuerdan que “el poeta quería dejar huella, en el nivel de producción del libro, de su propia experiencia carcelaria” (18). En otras palabras, ambos se refieren a que Cesar Vallejo decidiera imprimir su poemario en la Penitenciaría de Lima, donde también fueron impresas La canción de las figuras (1916) y El caballero Carmelo (1918), otros dos títulos emblemáticos de las letras nacionales. No olvidemos, por lo demás, que según Espejo Asturrizaga, el mismo César Vallejo habría pagado por la publicación, ni que ese mismo año de 1922 también aparecieran otros ocho libros de poesía (44). Con estas informaciones, podemos hacernos una idea de lo que representó producir materialmente el poemario, así como del ecosistema en el que emergió, muy distinto al actual.

Desde luego, una primera reacción sería la sorpresa frente a que haya sido el mismo poeta quien costeara la publicación. También, el escaso diálogo posible con otros textos contemporáneos. Sin embargo, no debemos contentarnos con leer el pasado con los ojos del presente, sino que es necesario entenderlo en toda su complejidad. Las fotos que acompañan Contra todas las contras dan cuenta de la portada y la carátula de Trilce, la tipografía utilizada, así como un dibujo efectuado por Víctor Morey Peña y que representa al poeta. El lector se siente casi inmerso en el momento exacto en que se dio a conocer el poemario, un instante único y tan cotidiano al mismo tiempo. Y ahí están los otros poemarios publicados por distintos autores para refrendar la paradoja. ¿En su guerra perdida contra el tiempo no permiten acaso mejor delinear la singularidad de la poesía vallejiana? Si Trilce es un clásico ineludible en la literatura mundial lo es porque el riesgo estético asumido llevó a sus límites al mismo idioma. Que gracias a las lecturas posteriores, entre las cuales incluimos las de Fernández y Gianuzzi, podamos entender mejor el evento que representó Trilce y sus consecuencias, aún tangibles en nuestras letras, no significa que el poemario haya perdido en complejidad. Me gusta concebirlo como un vórtice que convoca lecturas e interpretaciones sin agotarse jamás. El que admita lecturas en clave biográfica, social e histórica, sin descuidar las más pedestres referencias a la cotidianeidad y los afectos, se explica porque Vallejo llevó hasta el límite la capacidad del lenguaje para resignificarse a sí mismo. Es como si, partiendo de la lengua española, hubiera inventado otro idioma, pero uno que no se encierra en sí mismo, impidiendo la transferencia de sentidos. Trilce conmina al lector a prestar atención, convertirse en traductor de su propio lenguaje, convertido en otro, llevado a un equilibrio entre lo volátil y lo denso de la significación.

Si un verdadero clásico no lo es tanto por su monumentalidad como por los sentidos potenciales que aún palpitan en él, Trilce forma parte de una lista secular donde se mezclan la Divina Comedia con la Iliada y los textos de Shakespeare. Pero, hasta cierto punto, nosotros como lectores tenemos una relación aún más privilegiada con el poemario. Comparada con la de los libros mencionados, su mayor cercanía temporal nos permite entender mejor su contexto de aparición e indagar en las motivaciones de su autor. Al ver las imágenes ofrecidas por Fernández y Gianuzzi, uno no puede dejar de sentirse conmovido. Ahí está la primera edición del libro, diversas fotos de los poemas, el paisaje limeño relacionado con Trilce; en particular, la imprenta del panóptico. En suma, un recorrido textual que, a la vez, es de localidades que van de Trujillo a Lima, pasando por Madrid y el inevitable París. También hay fotos de quienes apostaron por el poemario: Luis Alberto Sánchez, Antenor Orrego, José Carlos Mariátegui, entre otros. Todo esto sin olvidar las imágenes del poeta, algunas muy sugerentes, por poco conocidas como las que le tomaron en París cuando lo detuvieron por comunista. Ahí está César Vallejo en los dos retratos policiales, mirando de frente a la cámara, y también a nosotros. Es un poeta, un migrante, que no parpadea ni tiene miedo. Trafica con las palabras en un mundo, como el de antes, como el de ahora, que se prepara para enfrentar al fascismo. Parece advertirnos algo que muchos se niegan a escuchar.


Imagen central: Cesar Vallejo durante su detención por la policía de Paris a fines de 1930. Las fotografía inéditas de César Vallejo. Círculo de Lectores Perú / Wikimedia Commons.


Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, Contra todas las contras. 103 años de Trilce. Trujillo: Reino de Almagro, 2025.

17.05.2026


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