“Nervios” es como se denomina a aquello que no tiene explicación en el mundo de los pobres: el temor a situaciones nuevas, un miedo constante y profundo a no encajar, un llanto que no sabes de dónde sale, un dolor que te persigue, la ansiedad, la tristeza y la apatía como la santísima trinidad del malestar mental, cultural y social que nos rodea, el racismo, el clasismo, el juicio de los otros, las miradas, el desprecio, la vida misma… todo puede ser un detonante.
Nos han enseñado que “estar nerviosa” es normal para algunas situaciones de la vida, pero “ser nerviosa”, “vivir nerviosa”, es cargar con una condición que ya te predispone, una marca en la piel como un tatuaje que no recuerdas cómo se hizo, una huella mental; y lo que se pueda hacer con esa condición va a depender de una misma, lamentablemente, porque los sistemas de salud en el Perú no están hechos para atender y entender a los pobres.
“Una no nace nerviosa, se hace”, nos diría el mantra feminista, y no le faltaría razón. Para que una mujer “sea nerviosa” tienen que haberle sucedido “cosas”; su experiencia de vida ha tenido que ser atropellada por lo indecible y, desde ese momento, su condición mental, si no tiene las herramientas adecuadas, va a resultar ininteligible para ella y para los demás. No poder leer tu mente, tu ánimo, ese suspiro intenso que nace en el pecho de vez en cuando, cada cierto tiempo, es una característica de la nerviosa. Le puede pasar a cualquiera, pero les pasa sobre todo a las más empobrecidas: primero, porque sus capacidades de lectura mental han sido obliteradas por sus condiciones materiales; segundo, porque “no hay tiempo” para pensar en eso y a la vez sobrevivir; tercero, porque no se puede ser débil, porque estamos obligadas a resistir. Sólo se vive una vez y las pobres, con tiempo para dormir entre cuatro y seis horas, lo saben muy bien.
Pocas veces se ha escrito sobre “las nerviosas” y Rosa Chávez Yacila, literata sanmarquina, periodista y profesora de esa carrera en una universidad privada, lo hace con arrojo en esta autoficción que cruza biografía y memoria, experiencias cotidianas y datos variados sobre salud mental, en donde una mujer se ve inmersa en las pesadas telarañas del deterioro mental que la llevan por un largo viaje de consultorios con el afán de curarse desde muy pequeña; e, incluso cuando ya ha logrado cierta movilidad social, luego de estudiar una carrera profesional e insertarse en el mundo laboral, por la historia personal de su familia con el afán de entender a las mujeres que la conforman y conformaron, y por los pasadizos de su ser mujer, para no perder a la persona que ama, no totalmente.
¿Cómo piensa un pobre? ¿Cómo siente, mira, oye, huele, camina, sueña un pobre? Pocas veces la literatura peruana escrita por mujeres se ha hecho esa pregunta o ha contado esas experiencias desde la propia vivencia, a diferencia de una pequeña parte de la literatura peruana escrita por hombres. No es el canon; difícilmente lo será.

En el Perú, la mayoría de las publicaciones que llegan a nuestras manos suelen contar historias de hombres o mujeres de la clase media o alta limeña, con felices excepciones, o de escritores/as de esa clase social que miran la pobreza y la cuentan pero no la han vivido.
Esa ausencia no es casual. Quienes acceden a la escritura y a sus técnicas han tenido que formarse, y esa educación requiere tiempo, constancia, motivación, interés, bienestar, dinero o, por lo menos, un par de estas condiciones. Quienes son extraídos de la pobreza y se han movilizado a un espacio de bienestar o han cambiado su condición económica para mejor dudan más de sus capacidades que quienes han vivido sin conocerla y, por eso también, esas experiencias se quedan en la intimidad, parecen irrelevantes, pequeñas o que no son necesarias de contar.
Así como la “literatura de mujeres”, es decir, la que habla de los dolores de las mujeres, la “literatura de los pobres”, es decir, la que habla de los dolores de los pobres, tiene aún una deuda pendiente con sus lectores. “Una deuda más”, se lamentarían los pobres.
Este vacío no es poca cosa: es un síntoma social. Los descendientes de los pobres no sólo tienen que superar la pobreza, sino el trauma que proviene de ésta. Un trauma transgeneracional, dirían los psicoanalistas. Un trauma que nos persigue así cambiemos de casa, de barrio, de país o incluso de familia. Cambiamos de vida, pero nuestra historia de pobreza nos persigue. La pobreza ha educado nuestros sentimientos y afectos, y ese conocimiento, lleno de dolor, pero también de sabiduría, puede convertirse en algo productivo, en un artefacto que funcione como espejo, no sólo de una sociedad desigual y hostil, o de las malas o inexistentes políticas de salud mental, sino de vidas individuales. Eso es lo que ha logrado Chávez Yacila: nos ha dado un espejo y nos miramos en él.
La historia tiene varios ejes, desde la relación de la protagonista con su madre, y la relación de ésta con la limpieza de casas y con su mente, que le juega malas pasadas, hasta la identidad “conera” que reivindica y llena de contenido, pasando por momentos de comedia y ternura. Con esto último la autora logra equilibrar la dureza de lo que vamos encontrando a lo largo de la lectura, como la historia de los siete locos que ella completa con su propia locura o el poema a su gato, hasta la travesía de sostener una relación amorosa en ese estado, difícil por más profundamente que uno ame.
Desde hace poco tiempo nos gobierna una presidenta que dijo que “la depresión era para perdedores”. Ella había perdido tres elecciones y a la cuarta “ganó”. Esa falta de sensibilidad y respeto hacia una afección que debe perseguir a millones de peruanos y peruanas dice mucho de cómo se percibe la salud mental en el Perú, y de cómo el prejuicio y el estigma persiguen a los deprimidos desde las más altas esferas del poder, ese espacio que puede cambiar algo pero generalmente no hace nada.
Los pobres se deprimen pero no pueden darse el lujo de dejar todo para tratarse. Los pobres se deprimen pero “salud mental” no es una categoría que se use regularmente en el desayuno o en la cena. Hay que seguir trabajando sin descanso para llenar esas bocas que se abren cada vez que se llega a casa. Deprimidos pero funcionales. Deprimidos pero con aspiraciones. Deprimidos pero con sueños. Se llora pero se sigue trapeando el piso y calentando el agua para bañarse. Se tose con melancolía. Se escupe sangre con tristeza. Se carga la enfermedad en la cabeza o en los pulmones, y se sigue hasta que el cuerpo aguante.
“No se puede decir que no puse de mi parte. Lo hice, como pude. Y como el sistema de salud peruano me lo permitió”, dice Chávez Yacila, reconociendo un esfuerzo de largos años. Y no nos cabe duda de ello al contar cómo se convirtió en una “niña vieja” a los diez, consolando a su madre del insomnio, los temblores, los llantos y el pavor de no entenderse a sí misma. Ser una “niña vieja” no se da a base de comerse libros; lo que una se come son heridas propias y ajenas.
Desde hace algunos años, vivo rodeada de “niñas viejas”. Son las más asiduas a la biblioteca del barrio. Escucho sus historias de terror: el padrastro le pega a la mamá, el papá acuchilló a la hermana, el hermano mayor le pega, la madre murió de sobredosis, el papá abusó de la hermana mayor, su sobrina también es su hermana, una vez tomó pastillas porque ya no quería vivir, y así decenas de historias más. Como aquello que la protagonista señala sobre su propia relación con su madre, ellas han ocupado mucho tiempo de sus vidas en cuidar a sus madres y a las mujeres de su familia, en no perderlas, en intentar comprenderlas, en mantenerlas vivas.
Pienso en estas niñas cuando leo Las nerviosas y me aseguro, en el chat grupal que tenemos, que al día siguiente que vengan leamos juntas un capítulo, para que no crean que cargan con una “herencia maldita”, para que sus colapsos sean colectivos y abrazados entre todas, para que sus temores encuentren palabras para explicarse, y para que, a pesar de todo, como señala Chávez Yacila, el futuro de todas ellas sea inmenso.

23.08.2026

