Fujimorismo popular: cinco propuestas desde abajo

Rafael Shimabukuro

El 5 de abril de 1992, Alberto Fujimori anunció la disolución del Congreso y el Poder Judicial por televisión. Las Fuerzas Armadas, coautoras del autogolpe, tomaron el control de puntos clave alrededor de Lima y secuestraron a varios opositores del régimen. Lo que quedaba de la izquierda, junto a sectores importantes de la antigua derecha, intentaron movilizarse en defensa de la joven democracia liberal peruana, denunciando el accionar de Fujimori y proclamando un gobierno paralelo. Las élites económicas tardaron poco en declarar su apoyo a Fujimori. Sorpresivamente, las masas hicieron lo mismo. En ese momento crucial, éstas le dieron al régimen fujimorista una aparente hegemonía sobre la política peruana que duraría hasta finales de la década.

Pocos días después del golpe, Fujimori recorrió el centro de Lima a pie, donde recibió intensas – y aparentemente espontáneas – manifestaciones de apoyo de transeúntes, que lo adularon durante todo el trayecto de vuelta a Palacio.1 Una encuesta de Apoyo en esa semana confirmó el fenómeno.2 El 71% de peruanos aprobaba la disolución del Congreso y 89% la del Poder Judicial. Entre los peruanos del nivel socioeconómico más bajo, 56% y 85% aprobaban las respectivas medidas, muchísimos más que el 27% y el 12% que estaban en desacuerdo. Paradójicamente, el golpe mortal a la democracia liberal peruana se produjo con el apoyo de la mayoría de peruanos.

Un tercio de siglo después, Keiko Fujimori está instalándose en Palacio a la cabeza de una coalición reaccionaria. Hoy más que nunca, es necesario entender qué hizo al fujimorismo tan fuerte en su apogeo. Muchos lectores críticos de la situación actual enfatizan el rol del fujimorismo como representante de las élites socio-económicas en general, o de algunas mafias público-privadas en particular. Estos análisis, sin duda valiosos, corren el riesgo de ocultar la mayor fortaleza del fujimorismo: su capacidad de generar arraigo popular. Para discernir el curso inminente de la política peruana, es necesario ensayar primero una evaluación sobria de las fuerzas de raigambre popular del fujimorismo.

Mis investigaciones doctorales,3 realizadas entre el 2021 y el 2025, se enfocaron en entender el apoyo popular al fujimorismo en los distritos populares de Lima durante la década de 1990. Mis métodos incluyeron entrevistas con líderes y bases fujimoristas, análisis de publicaciones periódicas, análisis de fuentes primarias como las memorias de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, y la revisión de material audiovisual variado. Sobre la base de este trabajo de campo y de archivo, identifiqué cinco factores principales que contribuyeron a la popularidad del régimen autoritario y neoliberal de Fujimori. La manera en que los críticos del nuevo fujimorismo naveguen estas aguas determinará mucho de su éxito o de su fracaso.

1. El fujimorismo como la única respuesta disponible a la crisis

La profundidad de la crisis que atravesó el Perú en los ochenta es ampliamente conocida. La explosión de la deuda externa, la inflación y la violencia política crearon un ambiente desesperanzador, de metal y melancolía, como lo resumiría poco después la cineasta Heddy Honigmann. Desde arriba y desde abajo, varios intentos de responder a esta crisis habían fracasado estrepitosamente.

Desde la derecha tradicional, el experimento (proto)neoliberal de Fernando Belaúnde (1980-1985) hizo poco por arreglar los problemas estructurales de la economía peruana, alimentando más bien la deuda externa. Mientras tanto, una política contrainsurgente indiscriminada acabó contribuyendo al huracán de sangre provocado por Sendero Luminoso. Desde la centro-izquierda, el APRA probó la heterodoxia económica con Alan García (1985-1990). Después de dos años de impresionantes (y olvidados) resultados positivos, las fortunas del gobierno tomaron un giro hacia el desastre, culminando en un ciclo hiperinflacionario y repetidos paquetazos fallidos. En el frente militar, García continuó con la política contrainsurgente de Belaúnde, con resultados igualmente sangrientos e inefectivos. En el poder, el único partido de masas en la historia peruana, bajo el hechizo de su carismático líder, fue una decepción.

Desde una posición más radical, la nueva Izquierda Unida intentó articular un proyecto popular enmarcado en la democracia liberal, llegando a controlar partes del estado por primera vez, incluída la Municipalidad de Lima. Sin embargo, más allá de algunas conquistas concretas como el Vaso de Leche, la izquierda no supo qué hacer con el poder estatal. Varias controversias alrededor de la posición frente a la contrainsurgencia, el valor de la democracia liberal y la lucha armada como hipotética opción revolucionaria nunca fueron resueltas. Después de largos años de discordia, esta irresolución fracturó a la Izquierda Unida y a sus partidos constituyentes. Para finales de 1989, la izquierda partidaria ya había entrado a su declive terminal.

En este contexto, Alberto Fujimori, un desconocido profesor universitario, entró en escena durante las elecciones presidenciales de 1990. En contraste con el manifiesto abiertamente neoliberal de Mario Vargas Llosa, Fujimori no tenía ningún plan concreto. En la segunda vuelta, se posicionó como el candidato anti-shock, recibiendo el apoyo del APRA y la izquierda. Después de su holgada victoria electoral, los militares, las élites locales y los organismos internacionales lo convencieron de adoptar el programa económico de Vargas Llosa. Parte de su razonamiento, explicado en sus memorias,4 es que no existían alternativas disponibles listas para ser implementadas.

Ese diagnóstico era compartido por sectores mayoritarios de las clases populares, según su propio testimonio. La mañana después del anuncio del Fujishock, aliados y opositores del gobierno esperaban férrea resistencia popular a las nuevas medidas. Para sorpresa general, casi no hubo protestas organizadas ni saqueos. La gran mayoría de peruanos aceptó de manera resignada el Fujishock. La lógica del mal necesario resultó ser persuasiva, sobre todo cuando nadie parecía tener alternativas, ni siquiera la izquierda. Con hambre y desempleo, las clases populares acabaron pagando por el Fujishock, convencidas no de la bondad de sus medidas inmediatas, pero dispuestas a tolerarlas por la promesa de los efectos a largo plazo, una promesa que nadie más estaba haciendo. Algunos años más adelante, cuando el nuevo modelo económico estaba ya osificado, muchos empezaron a internalizar lógicas neoliberales que promovían el emprendedurismo. En este sentido, la previa extinción de las respuestas populares alternativas a la crisis hizo posible el fujimorismo. La subsiguiente represión estatal de la sociedad civil y de la izquierda buscaba asegurarse que nadie más pudiera articular nuevas alternativas en el futuro.

2. El fujimorismo como proveedor de abundancia

Paradójicamente, muchos fujimoristas recuerdan la década de 1990 simultáneamente como un tiempo de pobreza y de abundancia. El Fujishock fue un golpe duro para las clases populares. Eventualmente, la prometida estabilidad monetaria llegó, pero las tasas de pobreza y desempleo se mantuvieron altas a lo largo de la década, algo que la oposición intentó aprovechar repetidamente. Como respuesta, el régimen desplegó una impresionante maquinaria de asistencia social.

El gasto social por parte del estado aumentó geométricamente. Medido de una manera, éste pasó del 3.3% del PBI en 1991 al 7.9% en 1999.5 Medido de otra, éste se incrementó del 2.4% en 1990 al 5.1% en el 2000.6 Mucho de este gasto fue canalizado hacia iniciativas preexistentes como los comedores populares, que adquirieron todavía más protagonismo durante la década. Varias mujeres miembros de comedores recuerdan la abundancia que había en tiempos de Fujimori, cuando el gobierno, mediante el PRONAA, les daba no sólo alimentos básicos como arroz y papas sino también carne roja y fruta fresca, así como capacitaciones de todo tipo. Este recuerdo de abundancia contrasta con el abandono que han sentido (y experimentado) debido a gobiernos anteriores y posteriores a Fujimori.

Esta asistencia social venía con ataduras. Desde el principio, hubo acusaciones de que el gobierno usaba al PRONAA para presionar a las mujeres de clases populares, obligándolas a ir a mítines y otras acciones de esa índole. Esta manipulación, una forma de explotación, fue negada por el gobierno, y es negada hasta ahora, pero hay amplia evidencia de que ocurrió. La abundancia era selectiva, y muchas veces discriminaba en favor de los simpatizantes del gobierno. En ese sentido, visto desde abajo, el fujimorismo fue un clientelismo que estableció una relación de patrón-cliente con las clases populares mediante el gasto social.

Aún así, este clientelismo dejó espacio para la agencia popular. Desde arriba, el gobierno tenía el objetivo de imponer una relación clientelista con las clases populares. Desde abajo, muchos miembros de las clases populares juzgaron que los beneficios de aceptar esa imposición valían la pena y que la resistencia, una opción que algunos tomaron, no tenía sentido. Aunque muchos fueron clientes, muchos escogieron serlo. En efecto, el apoyo hacia Fujimori duró mucho más de lo que duraron los mecanismos fujimoristas de control, pues éstos caducaron en el año 2000 y no reaparecieron hasta mucho más tarde. La asistencia social fujimorista creó clientelismo pero, dentro de este clientelismo, también hubo espacio para la agencia popular y la gratitud sincera.

3. El fujimorismo como (co)autor de la pacificación

En la memoria fujimorista del conflicto armado interno, Alberto Fujimori fue el responsable de acabar con la época del terrorismo. Esta memoria de salvación, todavía no estudiada cabalmente, involucra el olvido, la negación y la tergiversación de muchos hechos, entre ellos, las masacres de Barrios Altos y La Cantuta. Las narrativas fujimoristas, que han calado en la memoria de muchos peruanos en distritos populares de Lima, generalmente van por dos lados.

Por un lado, hubo un supuesto cambio en la política contrainsurgente, pasando de la represión indiscriminada a una estrategia de inteligencia. Esta narrativa se basa en dos premisas, ambas ciertas, pero también caprichosamente elegidas. La primera premisa es que hubo represión indiscriminada antes de Fujimori. Muchos en Lima habían experimentado esta represión en su día a día (y algunos se enteraban por sus familiares fuera de la ciudad que existía una represión todavía más intensa). La segunda premisa es que la inteligencia acabó siendo clave en la derrota de Sendero. La importancia de la captura de Abimael Guzmán por el GEIN es reconocida. Cuando ocurrió, el gobierno supo llevarse el crédito, independientemente de si efectivamente contribuyó a dicha captura. Mientras tanto, el reconocimiento retórico de algunas violaciones anteriores lo ayudaba a diferenciarse de sus predecesores. Décadas después, esta lógica llevó al infame ‘nosotros matamos menos’, que Fujimori mismo repite visualmente en un gráfico que aparece en sus memorias.7 Esta narrativa, a pesar de ser tendenciosa, fue en su momento seductora para muchos peruanos de clases populares urbanas.

Por otro lado, el gobierno proclamó una alianza con las comunidades azotadas por Sendero. El ejército fue usado para expandir la presencia estatal, construyendo postas médicas y escuelas en territorio con presencia senderista, lo que le dio credibilidad a las proclamaciones del gobierno. De manera muy significativa, el gobierno también les dio armas, apoyo y reconocimiento a las rondas campesinas, que fueron claves para la derrota de Sendero en el Perú rural, pues aquél no desapareció instantáneamente después de la captura de Guzmán. García ya había empezado algunos experimentos en esta dirección, pero fueron profundizados y masificados por Fujimori. Como observaron algunos investigadores contemporáneos,8 la generalización e intensificación de estos métodos llevaría a que buena parte del Perú rural se volviera fujimorista temporalmente durante los noventa, una situación impensable hoy. En este sentido, el gobierno se posicionó como el coautor de la pacificación, junto con las comunidades campesinas.

Más allá de estas narrativas, para muchos fujimoristas en distritos populares de Lima lo más importante es que el conflicto armado interno acabó, no tanto cómo ni por qué. En esos lugares, la entrada de Sendero a finales de los ochenta había sido sumamente traumática, llevando al asesinato de varios líderes comunitarios y a un ambiente generalizado de terror, que fue potenciado por la represión entonces indiscriminada de los militares. Para muchos fujimoristas con quienes conversé, no importa mucho cómo cambió la contrainsurgencia con Fujimori (si es que cambió), sino que el conflicto armado interno acabase durante su gobierno.

4. El fujimorismo como proyecto de revaloración étnica

El fujimorismo tuvo una significativa política de revaloración étnica. En el contexto de la larga historia de discriminación republicana y las dinámicas recientes del conflicto armado interno, Fujimori se quiso posicionar como el representante de los grupos étnicos oprimidos. Su eslogan en la segunda vuelta contra Vargas Llosa fue ‘un presidente como tú’, el cual intentaba enfatizar la pertenencia de Vargas Llosa a lo que Fujimori después llamaría ‘la rancia aristocracia limeña’. Una de las razones más importantes por las cuales Fujimori incentivó el apodo de ‘El Chino’ es porque sentía que éste lo acercaba a las masas indígenas y mestizas.

Más allá de la retórica, nunca un punto fuerte para Fujimori, éste usó variadas estrategias para transmitir su política de reconocimiento. Entre ellas estuvieron sus viajes alrededor del Perú durante los fines de semana, jactándose de haber visitado las 196 provincias peruanas, usualmente prometiendo (y después ejecutando) alguna obra pequeña. Muchos lugares que Fujimori visitó sentían que el estado los tenía abandonados desde siempre, por lo que el acto de presencia del mandatario era particularmente significativo. Dada la trayectoria de la historia peruana, los lugares que se sentían olvidados eran casi siempre racializados, por por sus propios habitantes o por otros, como indígenas.

Fujimori fue particularmente astuto en su uso de la ropa.9 Durante sus viajes, era común verlo con ponchos y chullos, estrategia que se extendía a mucha de su propaganda electoral, e incluso a la portada del primer volumen de sus memorias. En un país tan racista como el Perú, donde los atributos relacionados a la indigeneidad habían sido asociados con la marginalidad y, por lo tanto, con la subversión, estos actos simbólicos estaban cargados de significado.

Estas estrategias desde arriba se encontraron con deseos de reconocimiento desde abajo que tenían larguísima data. Este encuentro produjo un apoyo intenso por el fujimorismo, muchas veces entendido en términos explícitamente étnicos. Como le dijo un votante de Fujimori a la prensa extranjera en 1995: ‘Claro que voté por Fujimori. Él es el único que ha pasado por aquí haciendo obras. Además no es blanco y quiere a los cholitos’.10

5. El fujimorismo como proyecto de emancipación de género

Como complemento de esta política de reconocimiento étnico, el gobierno tuvo una política de género contradictoria en extremo. El acto más infame de esta política fue, sin lugar a dudas, el Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar de 1995, que resultó en la esterilización forzada de miles, y probablemente cientos de miles, de mujeres indígenas.

A pesar de esta práctica, y de manera que demanda explicación, la política de género del gobierno le ganó algún apoyo desde abajo. El fujimorismo apareció en un momento en que el movimiento de mujeres peruano y el movimiento feminista se volvían cada vez más asertivos. Desde inicios de la década, el gobierno vio una oportunidad de ganarse una base de apoyo. A la vez, algunas partes del movimiento de mujeres y el movimiento feminista apostaron por acercarse al gobierno, que parecía estar dispuesto a implementar varias de sus demandas. Como lo expresó poco después Cecilia Blondet, había un cierto ‘encanto del dictador’.11

En 1996, Fujimori creó el Ministerio de Promoción de la Mujer y el Desarrollo Humano, el primer portafolio ministerial enfocado en las mujeres en América Latina.12 El año anterior, él había sido el único jefe de estado hombre en viajar a la Conferencia Mundial sobre la Mujer, organizada por las Naciones Unidas en Beijing. En 1997, el congreso fujimorista introdujo cuotas de género para elecciones parlamentarias y municipales. A lo largo de la década, se pasaron varias leyes combatiendo la violencia contra las mujeres. También aumentó la representación de mujeres en el estado y, por primera vez, mujeres desempeñaron el rol de Fiscal de la Nación y Presidenta del Congreso.

Por otro lado, la asistencia social hacia los comedores populares, mencionada anteriormente, tenía algunos efectos de género emancipatorios. Muchas mujeres con las que conversé sienten que las capacitaciones que ofreció el PRONAA bajo Fujimori les ayudó a volverse más asertivas en sus vidas privadas, a combatir el machismo y el racismo de su día a día. Similarmente, la cantidad y la calidad de la asistencia alimentaria las hacía sentirse valoradas como mujeres y como madres de familia.

Es notable que, incluso en el extremo de violencia de las esterilizaciones forzadas, la retórica usada por el gobierno para justificarse viniera directamente de discursos internacionales acerca del derecho a la planificación familiar, y que algunos grupos feministas capitalinos colaboraran con el gobierno, al parecer sin percatarse de las violentas realidades del accionar gubernamental.13 Las esterilizaciones forzadas son ilustrativas de las dinámicas más perversas del fujimorismo popular. Una retórica emancipatoria, muchas veces validada por algunos avances concretos facilitados por el gobierno, ocultaba y posibilitaba formas de violencia brutal. Para entender cabalmente el fujimorismo, es necesario entender ambas dimensiones.

Conclusión

Todos estos factores tienen implicaciones importantes hoy. Hay que estar en constante alerta a la cooptación de luchas sociales contra el racismo y el machismo. Hay que atender los deseos por la paz y la abundancia, que ahora son particularmente intensos con el crimen organizado en alza y la pobreza y la desigualdad tan irresueltas como siempre. Para implementar esta agenda, es necesario articular alternativas populares seriamente, no como retórica imprecisa heredada de las luchas pasadas, sino como planes concretos para una sociedad mejor. Si el fujimorismo ha de ser derrotado, nada menos bastará.

El 28 de julio de 1990, Alberto Fujimori era todavía una sustancia desconocida. Resultó ser uno de los operadores políticos más sofisticados de la historia peruana. Las batallas de los noventa las perdieron los opositores a su régimen, y el legado de Alberto sigue definiendo la política, la economía y la sociedad peruanas. El 28 de julio del 2026, sabemos quién es y de dónde viene Keiko. Ignorar la capacidad de arraigo popular del fujimorismo sería una negligencia, una negligencia que no podemos seguir permitiéndonos. Afortunadamente, todavía estamos a tiempo de aprender de las derrotas de ayer.

Notas

  1. «Fujimori recibió muestras de apoyo en recorrido por Lima», La República, 9 de abril de 1992, 6.
  2. «Una encuesta que respalda a Fujimori», Expreso, 9 de abril de 1992, A4-5.
  3. Rafael Shimabukuro, «Captured Desires: Neoliberalism from Below in Fujimori’s Peru» (PhD Thesis, University of Cambridge, 2025).
  4. Alberto Fujimori, La palabra del chino: El intruso (Fogata, 2021), 336.
  5. Raúl Mauro, «Cambios de la pobreza en el Perú: 1991-1998», Economía y Sociedad, n.o 47 (2002): 28.
  6. Pablo Lavado, Desigualdades en los programas sociales en el Perú (CIES, 2007), 60-61.
  7. Alberto Fujimori, La palabra del chino: El inconforme (Fogata, 2023), 286.
  8. Carlos Iván Degregori et al., Las rondas campesinas y la derrota de Sendero Luminoso (IEP, 1996).
  9. Rafael Shimabukuro, «Kimonos, Ponchos and Blue Jeans: The Politics of Clothing in Alberto Fujimori’s Performative Populism», Political Studies 74, n.o 1 (2026): 281-305.
  10. Carmen Fernández, «Peruanos ven en Fujimori la cara de la esperanza», Reuters, 12 de abril de 1995.
  11. Cecilia Blondet, El encanto del dictador: Mujeres y política en la década de Fujimori (IEP, 2002).
  12. Stéphanie Rousseau, «Women’s Citizenship and Neopopulism: Peru Under the Fujimori Regime», Latin American Politics and Society 48, n.o 1 (2006): 124.
  13. Lucía Isabel Stavig, «Unwittingly agreed: Fujimori, neoliberal governmentality, and the inclusive exclusion of Indigenous women», Latin American and Caribbean Ethnic Studies 17, n.o 1 (2021): 1-24.

24.07.2026


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