Patrimonio hostil

Gonzalo Chong Pascual

Los objetos que le dan forma a la ciudad no están definidos sólo por las palabras usadas al nombrarlas, sino por el superávit que despliega su uso cotidiano. Por ejemplo, a los ojos de un niño una calle no es sólo una vía de tránsito, sino que su apropiación expresada con trazos de tiza revela su vocación como campo de juego. Es decir, la imaginación sobrescribe el propósito material del cemento, lo que multiplica las posibilidades acotadas por el uso normativo. Siguiendo a Uriel Fogué, a estos procesos se le contraponen otras formas de apropiación: se trata de políticas basadas en el control que imponen una narrativa única sobre la urbe y sus objetos.

Apropiación del espacio patrimonial en la Alameda Chabuca Granda. Art DiNo from Lima, Perú CC BY-SA 2.0, via Wikimedia Commons

Este anhelo por controlar la entropía urbana es legible en el Centro Histórico de Lima (CHL), territorio atravesado por condiciones estructurales de desigualdad. En este marco, los entes administrativos ponderan el uso de tecnologías que buscan poner límites a las múltiples formas en que las personas interactúan con los entornos monumentales, dando pie al uso de la arquitectura hostil como mecanismo biopolítico de control. Sin embargo, no es sólo con la adición material de objetos, como las rejas que hoy limitan el acceso en calles y plazas, que se regula el espacio vivido del CHL. Dado que el patrimonio cultural es tanto material como inmaterial, ambas categorías concurren en su repliegue.

Así, un doble proceso se expresa en la naturalización del patrimonio hostil. Por un lado, se presentan las modificaciones al casco histórico como mejoras en favor de los ciudadanos. Por otro, se niega su carácter hostil pese a los efectos coactivos que ejercen sobre la conducta. Un ejemplo clásico de arquitectura hostil es la banca en la que se reúne la familia a tomar el fresco. Cuando ésta es reemplazada por una versión incómoda y reducida, el dispositivo dual entra en juego. Primero, el discurso oficial explicará que el mobiliario se achicó para brindar espacio a las personas en silla de ruedas. Luego, en los hechos, esta “mejora” se revelará como un mecanismo de ocultamiento: las personas en situación de calle ya no pueden seguir utilizando los asientos como literas.

En el caso del patrimonio hostil instalado en el casco histórico limeño, la escala del control se amplifica para extender su influencia hacia monumentos, espacios públicos y edificios patrimoniales. Además de una mirada biopolítica del territorio cultural, su (re)producción requiere de un aparato que la operativice. En ese sentido, el Programa Municipal para la Recuperación del Centro Histórico de Lima (PROLIMA), órgano de la Municipalidad Metropolitana de Lima (MML), no apela a mecanismos de control orientados únicamente a los objetos, sino también al sustrato cognitivo expresado en la imaginación de los sujetos. Se puede distinguir tres mitos que dan forma a la convención urbana atribuida al paisaje urbano histórico de Lima y que contribuyen a ese objetivo:

El mito palingenésico propone la vuelta atrás a un statu quo ante donde “la verdadera Lima”, barroca y virreinal, subyace tras capas estratificadas de objetos y costumbres ajenas. Paradójicamente, al acto de sustraer los revoques acumulados en los edificios coloniales, le antecede la adición de la colonialidad (re)construida institucionalmente en el imaginario popular.

El Puente Balta es un caso paradigmático, al ser una estructura construida en el siglo XIX, declarada monumento histórico en 1972. En el presente, esta obra continúa enlazando la prolongación del jirón Andahuaylas con el jirón Amazonas, sirviendo de conexión entre los distritos del Rímac y Lima. PROLIMA reconoce su importancia al ejecutar una “intervención que busca devolverle coherencia con sus valores patrimoniales y su memoria urbana”. Empero, no se trata de una recreación histórica stricto sensu, sino del retrato atribuido a estructuras urbanas que datan de la época virreinal. Además, desde la mirada del transeúnte, el puente ha sido reconfigurado como un objeto de patrimonio hostil que pondera el imaginario institucional en desmedro de su propósito funcional. Una expresión de este cambio ha sido la elección del acabado de piso, el cual se superpone a las necesidades funcionales de residentes y visitantes. Así, la nueva superficie de canto rodado atenta contra el criterio de movilidad universal, sumándose a la ausencia de baldosas con alto relieve que prevengan el impacto con bolardos y postes. Ambas situaciones constituyen barreras físicas para las personas con movilidad limitada, ancianos e invidentes.

Instalación del piso de canto rodado en el Puente Balta. Municipalidad Metropolitana de Lima

El mito teopolítico supone que la capital virreinal obedece a un diseño basado en un sistema de símbolos de inspiración sacra. Sin embargo, a la restauración de un presunto orden celestial le antecede la ejecución de acciones terrenales que posibiliten dicho cometido.

La plazuela San Francisco, espacio religioso que data del siglo XVI y reconocido como Patrimonio Mundial en 1988, ejemplifica las diferentes interpretaciones de lo sacro que surgen del paisaje urbano histórico. Desde una perspectiva secular, la sacralidad representada por el espacio público ha servido para justificar la hostilidad en la demolición del cerco perimétrico que rodeaba la plazuela. A esta acción, ejecutada manu militari por PROLIMA en 2022, le siguió la elaboración del Estudio de Impacto Patrimonial del Proyecto de Mejoramiento y Remodelación del Servicio de Recreación Pasiva en la Nueva Plazuela San Francisco. Esta secuencia es expresión de la dimensión teopolítica de lo sacro, mito al que los arquitectos Juan Pablo El Sous y Juan Manuel Parra recurren al describir el objetivo de su intervención. De este modo, el conjunto arquitectónico es retratado como el “fruto de una única campaña constructiva que siguió un programa iconográfico específico que mantuvo su integridad hasta la demolición del muro pretil”. Se trata de una estructura que PROLIMA planea replicar, pero que en la práctica constituye un muro ciego que obstruirá la fachada de la iglesia San Francisco. Además, este tipo de muros generan puntos ciegos que pueden propiciar la inseguridad. Por ende, en este caso, el componente hostil se encuentra anidado tanto en el proceso como en el producto resultante.

Isometría del proyecto de la Plazuela San Francisco. PROLIMA

El mito de las ventanas rotas atribuye a los objetos físicos la conducta de los ciudadanos y la solución a problemas derivados como la delincuencia. La gerencia de PROLIMA ha expresado afinidad por este enfoque, sosteniendo que aquel “que está en un lugar caótico, ruidoso, descuidado, sucio, feo, es alguien que está llamado a la violencia probablemente y no tiene que ver únicamente con la naturaleza de esos individuos sino con el entorno que condiciona su comportamiento.” Sin embargo, la materialización del enfoque de ventanas rotas puede resultar a la postre en la producción de un paisaje urbano roto.

La Alameda Chabuca Granda, situada entre el río Rímac y el jirón Santa, es ejemplo de esta contradicción. Según el Plan Maestro CHL, el casco histórico es producto de la estratificación de edificios y espacios urbanos de diferentes épocas. Los anfiteatros de la alameda conforman parte de este paisaje que, tras su inauguración en 1999, ha atraído a ciudadanos provenientes de distintos rincones de la capital. Estas estructuras han acogido diferentes organizaciones de música, danza folclórica y humor callejero, las cuales ofrecían actividades al público bajo supervisión municipal. Sin embargo, en la madrugada del 11 de junio del 2026, estos espacios fueron demolidos por PROLIMA y la Gerencia de Servicios a la Ciudad. El discurso oficial de la MML es que se trató de la recuperación de un espacio capturado por la informalidad y el crimen organizado. Sin embargo, a este evento le siguió el cierre de locales comerciales formales situados a lo largo del eje del jirón Santa. En la práctica, la fiscalización con rotomartillo ha dado como resultado la exclusión de las organizaciones de cultura popular que trabajaban en coordinación con el municipio, e indirectamente, del público que era atraído por expresiones no alineadas con las tradiciones limeñas expresadas en el Plan Maestro CHL:

…estas celebraciones comúnmente realizadas en el Centro Histórico de Lima, son consecuencia de la expansión social de Lima Metropolitana y del consecuente incremento poblacional desde diferentes regiones del interior del país… Sin embargo, estas celebraciones son ajenas a la tradición limeña y con el tiempo se han hecho multitudinarias y han conformado parte de un calendario actual que, en algunos casos, vienen ganándole terreno a las celebraciones propias del CHL… lo que en ocasiones ha provocado la superposición de valores en desmedro del Valor Universal Excepcional del Centro Histórico de Lima.

Apropiación municipal tras la demolición de los anfiteatros de la Alameda Chabuca Granda. Andina

Los tres mitos giran alrededor de esta falsa premisa, la cual interpreta la diversidad de la cultura urbana como una anomalía cuyo antídoto es la (re)construcción de una tradición limeña, única pero ficcional. En este esquema el patrimonio hostil es el intermediario entre la construcción material del mito y la naturalización de la ficción histórica en la imaginación de los ciudadanos. Se trata entonces de un mecanismo que, además de prodigar sentido a los sujetos, convierte a los objetos en barreras para ciertas organizaciones y grupos vulnerables, autocumpliendo su propia promesa ficcional: el eterno retorno a la  arcadia colonial.


Imagen central: plaza Mayor enrejada. Archivo personal del autor.

08.08.2026


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