En los últimos años, una generación de escritores peruanos ha desarrollado su obra fuera del país. Algunos se han ido por razones académicas o porque obtuvieron becas, por razones económicas o personales, y varios, como Claudia Ulloa Donoso, han encontrado en esa distancia una nueva forma de mirar. Desde el norte del Círculo Polar Ártico, donde reside hace años, Ulloa ha construido una obra singular, ajena a los centros editoriales locales pero no por ello menos urgente.
Pajarito, publicado originalmente en 2015 por Laurel Editorial y reeditado en más de una ocasión, ha ido ganando un lugar en el mapa afectivo de la literatura latinoamericana. En tiempos donde la fragilidad, el aislamiento y el extrañamiento parecen temas cada vez más resonantes, volver a este libro —o descubrirlo por primera vez— resulta no solo pertinente, sino necesario.
En un continente narrativo que muchas veces ha privilegiado lo épico, lo social o lo realista, Pajarito propone una disidencia silenciosa. No lo hace desde la denuncia frontal ni desde lo programático, sino desde una voz mínima, íntima, que musita en lugar de levantar la voz. Este libro no se impone, se filtra. No busca respuestas, abre preguntas. Es una colección de treinta cuentos breves que no se leen: se respiran. Se atraviesan como recuerdos ajenos, como pensamientos susurrados al oído o como sueños que se apagan justo antes de llegar a su cima. Y sin embargo, nos persiguen.
En un país como el Perú, donde la tradición cuentística ha estado históricamente marcada por el pulso realista, desde López Albújar hasta José María Arguedas, Julio Ramón Ribeyro o Fernando Ampuero, Ulloa ofrece algo radicalmente distinto. Su escritura se sitúa en un umbral extraño entre lo cotidiano y lo fantástico, entre lo absurdo y lo profundamente emocional. La suya es una prosa íntima, perpleja, que no mira el mundo desde un trono autoral, sino desde un rincón deshabitado, a veces incluso desde los ojos cerrados de un poeta.

Desde el primer cuento se percibe que la voz narrativa está en fuga. Pero no huye para no ver, sino para ver mejor desde otra parte. Es la voz de alguien que intenta tocar el mundo con guantes finos, con gestos frágiles, desde una distancia íntima, casi secreta. Hay cuentos que no ocupan más de media página, otros que se extienden un poco más, pero todos comparten una cualidad: la intensidad de lo no dicho, de lo apenas sugerido, de lo que se retira.
Esta estética no surge del azar. Ulloa vive en Escandinavia, donde el sol se esconde por meses y la noche se alarga como una pregunta sin respuesta. Esa experiencia del aislamiento, del extrañamiento radical, se ha convertido en su geografía literaria. Escribe desde una intemperie emocional que transforma el frío en estilo, el silencio en ritmo, y el exilio en poética.
Uno de los relatos más memorables es el que da título al libro: “Pajarito”. En él, la autora construye una delicada y poderosa metáfora sobre la fragilidad de la vida y la carga emocional que implica sostenerla. A través de la relación entre la narradora y su gato Kokorito, que le trae pájaros moribundos como ofrendas inentendibles, el texto explora la tensión entre lo tierno y lo brutal, entre la muerte y la supervivencia. El gesto simbólico —la narradora guarda un pájaro agonizante en su bolsillo mientras asiste a una entrevista de trabajo— condensa todo el conflicto del libro: cómo sostener la vida íntima, precaria y verdadera, en medio de las exigencias sociales, laborales, normativas. El cuento se cierra con un gesto poético: el pájaro revive y vuela. Pero no hay alivio, sino una forma de resistencia sutil, casi invisible.
Ulloa logra aquí un equilibrio notable entre minimalismo formal y profundidad emocional. El lenguaje se vuelve un instrumento quirúrgico para dar voz a lo invisible, a lo que se calla por miedo o por pudor. “Pajarito” no es solo un cuento: es un rito de reconocimiento hacia lo que sobrevive pese a todo, hacia lo que aún tiembla en los bolsillos del alma cuando todo alrededor parece extenuado.
En otro cuento, “Tercera conjugación”, el verbo vivir se convierte en el centro de una reflexión íntima y demoledora. La narradora, una profesora de castellano, enseña a conjugarlo a estudiantes extranjeros. La repetición mecánica de vivo, vives, vive contrasta con su propia vivencia de ese verbo, marcada por la melancolía, el desarraigo y la multiplicidad de vidas que habita. Lo que debería ser una lección gramatical se convierte en un ejercicio existencial. ¿Qué significa realmente vivir cuando uno se siente a medio camino entre lenguas, cuerpos y territorios?
La prosa de Ulloa es mínima, onírica y precisa, como si escribiera con un lápiz muy fino sobre un papel casi transparente. No recurre a grandes frases ni a giros retóricos, pero no le teme a la belleza. Más bien, la encuentra en los lugares menos evidentes. En el cuento “Viaje”, esa cualidad se manifiesta con una intensidad particular. Allí, la narradora emprende un recorrido insólito: se introduce en el cuerpo de su mascota para pasar las vacaciones. Dice: «Me metí a la panza de mi gato para pasar las vacaciones. Es que últimamente los aeropuertos me dan miedo, y de todos modos siempre es más barato y seguro vacacionar en el estómago de un conocido».
La imagen es extraña, absurda y profundamente poética. Nos invita a pensar en el cuerpo como refugio, como cueva de lo afectivo. En ese interior húmedo, lleno de pelos y oscuridad, la narradora encuentra un espacio para la transformación, el desgaste, la reconstrucción. Es un exilio literal y simbólico. Un retorno al útero, quizás. Pero también una forma de resistencia frente a un mundo exterior cada vez más hostil, más reglado, más frío.
No es casual que muchos cuentos de Pajarito se sientan como entradas de un diario íntimo, o como cartas que nunca llegaron a enviarse. Ulloa ha desarrollado un estilo que recuerda, por momentos, a Felisberto Hernández, Clarice Lispector, César Aira o Lydia Davis: narradores que no buscan narrar lo extraordinario, sino mirar lo ordinario desde un ángulo torcido, como si lo observaran a través de un vaso de agua. Pero lo suyo no es imitación. Ulloa escribe desde su propia extrañeza: la de una mujer peruana que habita la periferia del mundo, atrapada entre la nieve, el idioma noruego y la memoria de un país que se vuelve más lejano cada día. Esa desubicación radical se convierte en su estética.
En este sentido, hay una dimensión política en Pajarito, aunque no se proclame como tal. El hecho de que una autora latinoamericana decida habitar lo breve, lo íntimo, lo ambiguo y lo onírico es, en sí, una toma de posición frente a una tradición narrativa que suele privilegiar la representación realista, la denuncia explícita o la monumentalidad épica. Ulloa no quiere representar nada. Quiere sugerir. Quiere alumbrar, apenas, pequeñas zonas de lo humano: el temblor, la pérdida, la ternura.
Otro cuento notable es “Línea”, en el cual una mujer llega a casa y encuentra a un extraño en su comedor. Él le prepara un capuchino perfecto, conversan, beben vino, hacen el amor. Él le deja una marca leve con una navaja suiza antes de irse. La casa deja de ser un espacio físico y se convierte en un escenario de transformación íntima. El cuerpo marcado, como un mapa antiguo con líneas nuevas, revela que incluso el encuentro más improbable puede dejar una huella indeleble. El cuento no busca una moraleja ni una resolución: solo quiere registrar un gesto, un cruce, un temblor.
Pajarito es, en definitiva, un libro que se cuela por las rendijas de la literatura latinoamericana contemporánea. No viene a ocupar un trono, sino a abrir una ventana. No pretende explicar el mundo, sino recordarnos que vivir es, a veces, tan simple y tan complejo como intentar salvar un pájaro moribundo mientras fingimos estar bien. Es un libro para quienes no temen a la fragilidad, a lo inacabado, a lo invisible. Una colección de cuentos que hay que leer con los ojos entrecerrados y el corazón ligeramente expuesto, como quien escucha un secreto que no era para uno, pero que igual le pertenece.

Claudia Ulloa Donoso, Pajarito. Ciudad de México: Almadía, 2022.
20.07.2025

