El General Velasco y la revolución verde en el Perú

Taylor Cozzens

Durante décadas, el gobierno del General Juan Velasco Alvarado (1968-1975) ha sido el blanco de múltiples críticas por su programa de reforma agraria. Que hubo problemas en este programa no hay duda, pero a menudo los críticos adjudican estos problemas a una simple falta de visión de parte del mandatario.

Tal es el caso de la aseveración, que circula ampliamente, que Velasco y sus asesores fijaron todas sus esperanzas en las cooperativas –las SAIS, CAPs, EPS, etc.— pero dejaron de lado la tecnología necesaria para hacerlas productivas. Desde esta perspectiva, Velasco figura como una especie de Papá Noel agrario, regalando tierras con amplia sonrisa pero con total carencia de planes. Algunos partidarios de esta opinión incluso miran con nostalgia los viejos tiempos de las haciendas, no siempre por la desigualdad y la injusticia, sino por la innovación agropecuaria supuestamente en su apogeo cuando la reforma agraria la paralizó.

En su reciente libro, Reforma agraria: fracaso del colectivismo, Absalón Vásquez Villanueva, ex Ministro de Agricultura (1992-1996) y, para muchos, eminencia en el rubro agropecuario, junto con colegas de la Universidad Nacional Agraria La Molina, promulga una nueva versión de esta perspectiva:

Los ideólogos y los responsables de llevar adelante el proceso de Reforma Agraria se equivocaron; porque pensaron, tal como lo sostuvo José Carlos Mariátegui, que el problema central del campo era la concentración de la tierra y que, por lo tanto, debería ser distribuida mejor. Ello no era totalmente cierto; pues olvidaron que, no solo bastaba la tierra; sino que, además, se necesitaba insumos, capital, tecnología, capacidad y calidad humana, mercados, precios adecuados e infraestructura básica.1

Con respecto a la tecnología, los archivos históricos no respaldan esta aseveración. Entre los documentos y las declaraciones del gobierno militar, la tecnología y la innovación son temas ubicuos. Un breve resumen de algunos programas de innovación puede servir para descartar esta crítica y, a la vez, acercarnos a las carencias reales de la reforma agraria.

Después de la redistribución de tierras, los primeros aspectos de la agricultura que recibieron atención de Velasco fueron el agua y la asistencia técnica. En 1969, poco después de implementar la Nueva Ley de Reforma Agraria, el gobierno militar promulgó la Ley General de Agua que, según Velasco, “concreta el sueño de cientos de miles de agricultores cuyos derechos siempre fueron pisoteados en beneficio de los latifundistas.”2 Este mismo año, el gobierno publicó un grueso plan de desarrollo que incluía estrategias y acciones a nivel zonal y nacional para la extensión agropecuaria. La administración declaró:

Siendo la agricultura y la ganadería las actividades económicas más importantes de la población campesina de la sierra y del altiplano peruano, es indispensable proveer una adecuada Asistencia Técnica … a través de la enseñanza de mejores métodos … [y el] uso de semillas mejoradas, fertilizantes, insecticidas [y] fungicidas.3

Para Velasco y sus ministros, la Revolución Peruana, como la llamaban, no se limitaba a la redistribución de tierras, sino que sería también una revolución tecnológica. Tras firmar un acuerdo con el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) de México, el Ministro de Agricultura el General Jorge Barandiarán Pagador lo resumió así: “De un lado [nuestro gobierno] desarrolla la Reforma Agraria, que es en esencia justicia social y de otro introduce moderna tecnología, a fin de realizar lo que algunos han denominado la ‘Revolución Verde’”.4

Este último término había sido acuñado en los Estados Unidos solo unos meses antes de que Velasco asumiera la presidencia y se refería a la intensificación de la agricultura por medio de semillas mejoradas, agroquímicos, mecanización e irrigación. En países como México, Colombia, India y Pakistán, esta intensificación ya había conducido a cambios grandes en la producción de alimentos. En Perú, la idea de la Revolución Verde fascinaba al gobierno militar, ya que prometía aumentar la producción de alimentos sin ampliar las tierras bajo cultivo. La población estaba creciendo, pero, tal como escribe el activista campesino Samuel Fernández Gómez, “por la accidentada topografía de la Cordillera de los Andes,” el país “sufre una gravísima escasez de tierras de aptitud agrícola”.5 La Revolución Verde ofrecía soluciones.

En 1970, Velasco mandó a J. Roger Arroyo de la Dirección General de Investigaciones Agropecuarias, una oficina dentro del Ministerio de Agricultura, a observar la tecnología agropecuaria en Colombia, Venezuela, Costa Rica, México y los Estados Unidos. En su informe final, Arroyo recomendó “elegir ciertas características de varios modelos y formar aquel que resulte más apropiado para nuestras condiciones.” Entre otras cosas, recomendó formar el Instituto Peruano de Investigaciones Agropecuarias. A la vez, resaltó el “triunvirato de funciones” –enseñanza, investigación y extensión— en las Instituciones “Land Grant” de los Estados Unidos. Además, instó al gobierno a estrechar su relación con los organismos internacionales a la vanguardia de la Revolución Verde, incluidos el CIMMYT en México, el IRRI (International Rice Research Institute) en las Filipinas y el CIAT (Centro Internacional de Agricultura Tropical) en Colombia.6

A partir de estas recomendaciones, Velasco y sus ministros no solamente crearon nuevas oficinas dedicadas a la investigación y firmaron acuerdos con organismos como el CIMMYT, sino también fundaron un organismo propio de esta índole. Mediante un acuerdo con USAID, la universidad estatal de Carolina del Norte y otros patrocinadores, establecieron el Centro Internacional de la Papa (CIP) y de este modo integraron al Perú a la red de instituciones transnacionales dedicadas a la Revolución Verde.  

En los documentos de la época, se nota que el gobierno Velasquista trató de hallar un equilibrio entre lo transnacional y lo nacional. Por el lado transnacional, se interesó en ideas y cultivos no nativos, tales como el trigo y la cebada. Debido a la demanda creciente de pan en las ciudades, especialmente en Lima, y a la dependencia cada vez mayor de importaciones de trigo, Velasco implementó un Plan Nacional de Trigo para dar variedades de alto rendimiento a las nuevas cooperativas. Como parte de este plan, su administración invitó a Norman Borlaug, el “padre” de la Revolución Verde y reciente ganador del Premio Nobel, a visitar el Perú para ayudar en la elaboración de este plan. Borlaug realizó la visita en 1974 y expresó optimismo sobre el potencial triguero del Valle de Mantaro y otras regiones.

El gobierno militar se entusiasmó también por la construcción de represas. Aunque durante décadas se habían hecho estudios para irrigar las pampas de Majes y Siguas en Arequipa, fue Velasco quien en 1971 lanzó el enorme proyecto de represas y túneles. Con el agua, prometió establecer nuevas cooperativas y convertir el desierto costeño del sur en una destacada zona de producción. Según el gobierno, contaría con toda la tecnología moderna de la época: riego por aspersión, tractores, semillas mejoradas, fertilizantes, pesticidas, reproducción selectiva de ganado, intervenciones veterinarias, e instalaciones y métodos sofisticados.7 Aunque la represa de Chavimochic en el norte se construyó posteriormente, ese proyecto también tiene algunas de sus raíces en el gobierno de Velasco.

Por el lado nacional, tal como recomendó Arroyo, el gobierno militar trató de ajustar su visión a las condiciones únicas del Perú. Además de su énfasis en la papa, una especie nativa, el gobierno reconoció que para el altiplano del sur de Perú el potencial de innovación y producción radicaba principalmente en el ganado. 

En algunas zonas, Velasco y sus ministros priorizaron el cuidado médico de vacas lecheras, pero para el altiplano lo que más les llamó la atención fue el potencial del ganado ovino. En 1973, el Gobierno Militar envió investigadores a Australia, Nueva Zelandia y Argentina, líderes mundiales y regionales en este rubro. Poco después, importó de dichos países más de 40,000 ovinos de pura raza (Corriedale, Hampshire Down y Poll Dorset). De este ganado, varios animales fueron clasificados como super class y algunos carneros valían miles de dólares. Con bastante fanfarria, Velasco y el Ministerio de Agricultura enviaron estos ovinos a las cooperativas del departamento de Puno.

Dentro de poco, quedó claro que los pastos naturales del altiplano no eran adecuados para la dieta de estas costosas ovejas. Sin desanimarse, Velasco invitó a un equipo de científicos de suelos de Nueva Zelandia para experimentar con alfalfa y otros pastos cultivados en las cooperativas del altiplano. Este proyecto duró ocho años y tuvo algunos resultados prometedores.8

Cabe señalar que la administración velasquista pasó por alto el potencial de la quinoa y las alpacas, nativas de los Andes. Por lo visto, mantuvo de forma subconsciente el viejo prejuicio que asocia estas especies nativas a lo indígena y al atraso. Sin embargo, su énfasis en la agricultura científica preparó el camino para un nuevo movimiento científico en la década de 1980 que priorizó lo que los investigadores denominaron “alternativas tecnológicas”. Se refería a variedades y técnicas nativas o tradicionales que la comunidad científica había marginado históricamente pero que, en realidad, se desarrollaban muy bien en los Andes, como los camélidos, los granos andinos y los andenes.

Todos los proyectos de innovación que nacieron en la época de Velasco fallaron de una forma u otra. Un problema grande y recurrente fue la falta de participación de los comuneros y las comunidades a quienes Velasco buscaba servir. Como comandantes, Velasco y sus ministros sabían dar órdenes y emitir decretos supremos. Aunque se esforzaron sinceramente por escuchar a los comuneros, su visión para el Perú fue impuesta desde arriba. Sin la participación de las comunidades, algunos proyectos no prosperaron. 

No obstante, a largo plazo hubo notables excepciones. Una de ellas comenzó en SINAMOS, el controversial Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social. En sus cinco años de operaciones (1971-1976), SINAMOS ganó mala fama por producir propaganda política y, tal como dice el antropólogo Enrique Mayer, intentar movilizar a las masas y controlarlas a la vez.9 Sin embargo, la historia no termina con los desaciertos de esta institución. En 1977, dos ex-directores de SINAMOS, Héctor Béjar y Carlos Franco, junto con otros colegas, fundaron una ONG llamada CEDEP (Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación) con el objetivo de seguir avanzando el trabajo de Velasco.

Durante más de dos décadas, equipos técnicos de CEDEP, con fondos de patrocinadores europeos, colaboraron con comunidades campesinas en el Callejón de Huaylas y en provincias cercanas en proyectos de desarrollo rural. Sus proyectos más grandes se concentraban en la explotación de vacas lecheras de la raza Brown Swiss y la fabricación de quesos artesanales, el repoblamiento de alpacas y el tejido de sus fibras y el control ecológico de plagas mediante trampas de feromonas, trampas de luz e insectos parasitoides. Aunque SINAMOS no logró la participación popular, CEDEP en los años posteriores refinó el arte de la participación y la innovación a nivel comunitario. 

Otro error recurrente del gobierno militar fue la sobreestimación del poder del régimen sobre la naturaleza. En la Pampa de Majes, el Altiplano de Puno y otros lugares, los militares creían que la ciencia podría superar barreras ecológicas y permitirles producir alimentos en cantidades inauditas Aunque los críticos representan a Velasco como un Papá Noel agrario, una metáfora más precisa sería la de un Moisés agrario, porque con leyes, decretos y el milagro de la ciencia moderna, el mandatario pretendía no solamente liberar al pueblo del latifundismo sino también producir comida como maná y hacer brotar agua en los desiertos. Desafortunadamente, una y otra vez el medio ambiente –el frío, el viento, el suelo, las plagas, la altura, etc.— obstaculizaron estas aspiraciones.

La falta de ayuda básica en las cooperativas también minó los proyectos de innovación. En 1974, por ejemplo, miembros de la CAP Lauramarca en Cuzco describieron la situación en estos términos:

Nuestros libros de Actas están en blanco, porque no sabemos escribir, en nuestros Sectores nos reunimos para tomar acuerdos pero no podemos levantar el Acta… necesitamos capacitación, no entendemos qué cosa es la cooperativa ni sabemos nuestras funciones… ¿Así, cómo vamos a caminar?10

Con semejante confusión, las cooperativas no eran espacios ideales para poner en práctica nuevas tecnologías.

Sin embargo, en algunos casos, las cooperativas sí lograron levantarse y caminar en pos de la innovación y la producción. Lo que a menudo les hizo tropezar en estos casos fue el cambio de política en 1975, cuando el General Francisco Morales Bermúdez y una facción de militares más conservadores depusieron a Velasco, cerraron instituciones como SINAMOS y retiraron el apoyo estatal a las cooperativas. Tal como lo expresaron los delegados de seis cooperativas en Ayacucho:

Cuando el gobierno del general Velasco dio la ley 17716, en un momento pensamos que era bueno porque expulsaron a los gamonales y nos dieron apoyo técnico y créditos, pero esto duró muy poco tiempo y con el gobierno de Morales Bermúdez todo cambió, nos retiraron los técnicos y toda ayuda y quedamos en abandono total, [y] peor con el gobierno de Belaúnde.11

Por último, el conflicto armado interno que devastó a muchas zonas andinas en la década de 1980 interrumpió y socavó buena parte de la investigación agropecuaria que se había iniciado durante la época de Velasco. Con frecuencia, los senderistas persiguieron específicamente a los agrónomos, veterinarios y técnicos, obligándolos a huir a las ciudades. Un resultado de esta persecución fue que sus proyectos a veces quedaron a medias y, al final, fueron abandonados. CEDEP, por ejemplo, tuvo que dejar sus proyectos en las comunidades de Cajatambo, una provincia en la frontera de Ancash y Lima.

A pesar de todo, ¿se puede afirmar que Velasco y los ideólogos de la reforma agraria olvidaron la tecnología? Al contrario, fue una prioridad. A lo largo del mandato de Velasco, el gobierno militar intentó complementar la reforma agraria con una revolución verde peruana. Las experiencias, falencias y lecciones de estos intentos, si las recordamos, pueden servir como referencias valiosas en el siglo veintiuno para todos los proyectos de desarrollo rural que se siguen implementando.

Notas

  1. Absalón Vásquez V., Abel Mejía M. e Issaak Vásquez R., Reforma agraria: fracaso del colectivismo (Lima: Universidad Nacional Agraria La Molina, 2021), 14.
  2. “Mensaje del Presidente,” 3 de octubre de 1969, en Ministerio de Agricultura, Zona Agraria V, “COMACRA,” Curso de Capacitación a Nivel Profesional, 6 al 11 de julio de 1970. Biblioteca de CEDEP, Lima.
  3. “Programa 10-11: Extensión Agrícola,” Proyecto de Desarrollo e Integración de la Población en 7 Zonas de Acción: Plan Anual, 1969.” Biblioteca del INIA, Illpa, Puno.
  4. “Discurso del Señor Ministro de Agricultura” a Reggie Laird (CIMMYT), Manuel Rodríguez Escribens (UNALM) y César Flores Cosío (Instituto de Investigaciones Agro-Industriales), c. 1970. Archivo General de la Nación, Archivo Agrario, Legajo 10, Folder 7.
  5. Samuel Fernández Gómez, “El Perú Profundo Reconstruye: Proyecto de Reivindicación de los Derechos Comunales, Plan de Desarrollo Rural Integral Sostenible,” 24 de junio de 2022.
  6. J. Roger Arroyo V., “Aspectos de la organización y funcionamiento de la investigación agropecuaria en algunos países de América,” Ministerio de Agricultura: Dirección General de Investigaciones Agropecuarias, 1972, 285-290. Biblioteca de INIA, Illpa, Puno.
  7. Véanse Ángel Paredes Tejada, Ministerio de Agricultura, Dirección Ejecutiva Proyecto Especial Majes-Siguas, “Justificación de Asentamientos Escuela y su Evolución Agroeconómica,” Mayo de 1973; Ministerio de Agricultura, Dirección Ejecutiva del Proyecto Integral de Desarrollo Regional Majes-Siguas, “Planificación de la Colonización Majes, Informe No. 9,” Arequipa, Setiembre de 1975, Archivo Técnico de Autodema, Arequipa.
  8. Véase “The Puno Project,” in Development: New Zealand’s Co-operation with Developing Countries, March 1982, Biblioteca del INIA, Illpa.
  9. Enrique Mayer, Ugly Stories of the Peruvian Agrarian Reform (Durham: Duke University Press, 2009), 34-35.
  10. Ministerio de Agricultura, Inspectoría General, “Cooperativa Agraria de Producción Lauramarca, Ltda. No. 57, 1974.” Biblioteca de CEDEP, Lima.
  11. “Encuentro de Cooperativas del Departamento de Ayacucho: Pronunciamiento,” October 24-25, 1986, Folder VIII, Proyecto de Adjudicación, Archivo Regional de Ayacucho.

30.12.2025


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