Hace pocos días, asistí a una función de teatro para niños. En una de las escenas clave de esta conocida obra, el estrafalario protagonista, ataviado con un bastón y un sombrero de copa alta, le pide a uno de los personajes principales—una desarrapada niña—que atraviese una carrera de peligrosos pero imaginarios obstáculos. Perpleja, la niña señala el espacio vacío delante de sí, como pidiendo una explicación. El protagonista le dice entonces que hay que creer para ver. Como por arte de magia, aparecen enseguida los obstáculos, que la niña logra (o finge) sortear exitosamente, aunque existan sólo en su mente y nosotros sigamos allí, sentados, sin poder verlos. La escena, como la obra en la que se encuadra, transmiten así la importancia de fomentar la imaginación entre su joven público: es urgente creer en ciertas cosas para que éstas se materialicen a través del esfuerzo. Pero en este tránsito constante entre la “verdad” de la ficción y la ficción dentro de la ficción existe también, por supuesto, el riesgo muy grande de seguir viendo sólo lo que uno quiere o cree ver, aunque pasen los años y las evidencias que podrían habernos refutado fracasen más bien en ampliar nuestros horizontes mentales. El libro que comento permanece atrapado en esta manera de acercarse al mundo.
Aunque los historiadores fuimos también niños alguna vez, nuestro oficio nos impone más bien la forma regular de la curiosa fórmula: antes que creer para ver, hay que ver para creer. Accedemos al pasado sólo a través de sus vestigios: documentos escritos y otras fuentes de información en las que amparamos ciertas “creencias”—en realidad, explicaciones del pasado—que, a diferencia de los ficticios escollos de la función infantil de hace unos días, son siempre provisionales, pues están sometidas a las evidencias—las que tengamos a mano y las que se pudieran descubrir—y a lo que podamos decir sólo a partir de ellas. Pero, en este quehacer imperfecto e inacabado, dos son los pecados capitales: leer en los documentos aquello que no dicen y negarse a ser interpelado por aquellos documentos que nos obligarían a reformular nuestra visión personal del pasado. Los incas hispanos: la historia no contada de la conquista del Perú es culpable de ambas cosas y, por eso, quizás sería injusto detenerse a evaluarlo como un trabajo de historia, si no fuera porque, su autor, Rafael Aita, y quienes enarbolan su discurso, insisten en que eso es precisamente lo que es. Si no lo conocen, es quien hace poco declaró en una entrevista para Cosas que en el Perú no hubo esclavitud “porque estuvo prohibida por las leyes de Indias”. Si no saben quiénes son los que abrazan este tipo de discursos, basta ver la cruz de Borgoña que domina la portada del libro y que nada tiene que ver con los incas, sino con las cavernas de la política desde donde emergen, buscando envolver a la historia en las tinieblas del negacionismo, los movimientos neofascistas de hoy.
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Érase una vez un virreinato, nos cuenta Aita, llamado el Perú. El primer milagro de que se tiene cuenta en esa tierra bendita (o maldita, dependiendo de cómo se quiera ver), fue el desembarco mismo de los primeros españoles, quienes plantaron la cruz en las costas de Tumbes, para asombro de los nativos. Otro de esos sucesos extraordinarios—y la gran revelación [?] del libro—fue el reconocimiento que la corona española otorgó a ciertos personajes “de noble estirpe”, quienes, en honor a sus antepasados, conservaron el famoso título de “Inca” a la postre de sus nuevos nombres cristianos. El libro busca “reivindicar” a estos “incas hispanos”, pues encarnarían el “ideal” de “la unión de todos los pueblos y razas bajo el mismo idioma, las mismas leyes y la fe católica”. Las páginas que siguen, podrán ya imaginarse, buscan defender esta afirmación, sin importar que, como sabemos desde hace décadas, las personas no hablasen el mismo idioma, no estuviesen sujetas a las mismas leyes, y, stricto sensu, no practicaran la misma fe durante el periodo histórico de que se ocupa principalmente el libro.
El primer capítulo nos ofrece un resumen de cinco milenios de civilización andina, útil quizás para enseñar cómo no escribir historia en los cursos iniciales de la primaria. Impávido ante la mezcolanza de diversos registros (el arqueológico, el histórico, el mítico, el fantástico) hasta hacerlos incompatibles, y sin ninguna metodología, el relato transita cómodamente desde Caral hasta la llegada de los españoles. Pasa revista al surgimiento del poderío inca imperial, ofreciendo así un palidísimo reflejo, un murmullo o un quejido quizá, de trabajos como Historia del Tahuantinsuyu, de María Rostworowski. La última parte del capítulo está dedicada al imperio incaico y a cuán admirables deberían resultarnos sus “logros”. Como “[n]o existen palabras para narrar la grandeza de la obra que lograron los Incas Pachacútec y Túpac Yupanqui,” les ahorro más comentarios, salvo éste. De todos los procesos históricos que podrían haberlo ayudado a explicar la consolidación del imperio cuzqueño, el autor escoge la “reforma religiosa” de Pachacutec, “su legado más importante”. La “agudeza mental” de este Inca habría acercado a su pueblo al monoteísmo. Esta trayectoria, en la que para el autor “es innegable que ha existido un refinamiento en el pensamiento y, por lo tanto, en las creencias religiosas” desemboca en una “creencia más espiritual e inmaterial” que, quizás de manera muy poco sorpresiva para el lector acostumbrado a este tipo de discursos, “serviría de enlace para las creencias monoteístas llegadas con el cristianismo”. Volveremos sobre este punto.
Siguiente capítulo. Llega la guerra fratricida entre Huáscar y Atahualpa; llegan los hombres barbados; el encuentro de Cajamarca; la “saliva espumosa” del caballo sobre la frente del indómito inca, la “solitaria figura” del cura Valverde. Es como leer uno de los libros de José Antonio del Busto, pero sin la erudición y la pluma producto de varias décadas de paciente inmersión en los documentos, los lugares y la cultura del siglo XVI que hicieron tan famosas sus animadas clases y su peculiar prosa. Tampoco es fácil determinar hasta qué punto Aita sigue a este autor o a otros, pues las citas de y a trabajos previos, a veces vagas o tomadas descuidadamente de Internet sin siquiera cotejarlas con el original, son casi tan escasas como los aportes y aciertos de la narración. Así, rastrear la información a sus fuentes para poder contrastarla o verificarla con otros testimonios sería como buscar una aguja en un pajar. Pero no nos detengamos. Manco Inca aguanta los agravios de Gonzalo Pizarro “sin perder la compostura”, con “aquella dignidad que caracterizaba a los soberanos del Cusco”, pero “todo hombre tiene sus límites”: el extremeño le arrebata a su mujer y la toma por la fuerza. Un despechado Manco trama su venganza. Comienza la resistencia inca, la cual ocupa el resto del capítulo. A pesar de las solitarias menciones a los “aliados andinos y siervos nicaragüenses”, quienes le imprimieron su verdadera naturaleza a la guerra, el relato no trasciende las versiones más tradicionales de los hechos, es decir, las que los presentan fundamentalmente como un asunto entre españoles. Finalmente, irrumpen los milagros, en la forma de intervenciones divinas a favor de los conquistadores, con los cuales el autor nos empuja solapadamente desde el ver para creer hacia el creer para ver. Para los incrédulos, el autor afirma que “El Padre Vargas Ugarte relata una larga relación de autoridades y declarantes que atestiguan el milagro” del descenso de la Virgen y el Niño en la toma del Cuzco. Con “atestiguar”, no parece referirse a lo que la gente dijo que vio hace cinco siglos, asunto de sumo interés para los historiadores—sino a lo que realmente pasó. Este milagro y la “aparición” de Santiago—no la creencia en los mismos de la gente, incluidos algunos devotísimos incas coloniales, perfectamente explicable desde las mentalidades de la época—juegan un rol preponderante en la derrota del poderoso Tahuantinsuyo. Lo mágico y lo sobrenatural, asumidos aquí como hechos aparentemente documentados, se abren paso en una historia que violenta las reglas más básicas del funcionamiento del universo. Deus ex machina.
La casi total ausencia de una lectura crítica de las fuentes de la época—mal digeridas o citadas a partir de los trabajos de los historiadores—está presente en lo que resta de este largo y tortuoso capítulo, dedicado, grosso modo, a los privilegios de los incas coloniales. Se suma a esta limitación el espinoso (y uno pensaría ya resuelto) problema de que lo que pasó después no puede haber influido en lo que pasó antes (los historiadores lo llamamos “cronología”). Al momento de presentar los testimonios en el texto, tampoco importa mucho si alguien vivió en 1570, en 1670 o en 1770, ni de qué manera pudo estar influido por su propio tiempo. Hablar de géneros documentales sería ocioso a este punto. Los testimonios presentados, incluidos algunos cuadros, son tomados a la letra, a la manera de antiguas instantáneas de la realidad. De manera más general, el autor nunca se interroga acerca de qué motivos tuvo la gente del pasado para declarar o hacer aquello que quedó plasmado en las fuentes históricas, ni qué existía más allá de este puñado preseleccionado de documentos; ni siquiera hasta qué punto otras pistas o testimonios nos ayudarían a contradecir estas versiones o a presentar experiencias o perspectivas alternativas que complejizaran el panorama. El crédulo Watson, y no el inquisitivo Holmes, dirige el relato. Todo parece seleccionado de antemano para reforzar el punto de vista que se tenía desde el inicio.

Después de transitar por predios harto conocidos y de desafiar en repetidas ocasiones los designios de Cronos, vamos arribando al meollo del asunto: un resumen alborotado de las investigaciones de Donato Amado Gonzales y unos pocos otros sobre los privilegios de los incas nobles del Cuzco: el alferazgo real, el cabildo de los veinticuatro electores, el estandarte real, la mascapaycha. Es un recuento salpicado de genealogías, escudos y nombres de nobles cuyo valor explicativo es mínimo. El autor afirma, por ejemplo, que “[u]na de las causas de la sublevación de Túpac Amaru II fue la disputa por el título de Marqués de Oropesa con la familia Betancur,” sin molestarse en presentar ninguna otra. Nada se dice de quienes apoyaron la rebelión; sólo de quienes la combatieron, lo cual es sintomático. Todo lo demás son datos bastante conocidos (y ubicables fácilmente en Internet). Más importante es lo que supuestamente demuestran: “la poca relevancia que le ha dado la Historia tradicional a los Incas católicos, aquellos descendientes Incas que portaron el título de sus antepasados y fueron fervientes cristianos, a pesar [de] que ellos son la clave para entender el proceso de evangelización en tierras peruanas, el sincretismo religioso y el profundo arraigo que tiene la religión católica en el Perú hasta el día de hoy.”
Por supuesto, nada de esto es verdad. Con respecto a la primera parte de la afirmación, a lo largo del libro el autor confunde su propio desconocimiento de ciertos temas antes de escribir el libro con un vacío historiográfico. Evidentemente, lo primero no equivale a lo segundo, pues los incas coloniales han sido la materia prima de incontables estudios (y que, en su abrumadora mayoría, están ausentes del libro). Con respecto a la segunda parte de la afirmación, proponer que este grupo social es “la clave”—no una sino la única—para entender procesos sumamente complejos como la evangelización, el sincretismo religioso o la vigencia del catolicismo en el Perú contemporáneo es una afirmación tan gruesa y genérica que podríamos reemplazar a este colectivo con cualquier otro y terminaríamos con una frase igual de inverificable e improductiva desde el punto de vista de la investigación histórica. Incluso si discutiéramos con seriedad muchas de las cosas bastante inteligentes e interesantes que se han dicho sobre la compleja relación entre el catolicismo y este grupo profundamente heterogéneo—David Garrett, cuyo trabajo Aita parece desconocer, estima que uno de cada diez sujetos indígenas en el Cuzco de 1785 tenía alguna pretensión de nobleza—, eso no nos pondría más cerca de poder afirmar que son la única explicación, o siquiera la mejor, para la conversión, el sincretismo o la vigencia de ciertas creencias.
¿Por qué poner entonces a los “incas hispanos” al centro de esta “historia no contada”, o más bien descoyuntada, de la conquista (espiritual) del Perú? ¿Por qué no presentar más bien, de la manera más intelectualmente honesta posible, a los incas históricos? ¿Por qué, en suma, reducir el pasado a un absurdo? Las razones son políticas antes que historiográficas, y aparecen sólo unas pocas páginas después: del “sincretismo de la cultura andina con la hispana” que estos personajes encarnan “nacería la esencia de la identidad peruana, una identidad olvidada, en gran parte, por dejar de lado el legado imperial de las casas reales de los Incas, que por 300 años protegieron su herencia andina y la elevaron al nivel de las casas reales europeas”. Esta identidad aristocratizante, monolítica e interesante quizá para algún medio dedicado a las crónicas de la llamada “alta sociedad”, es presa total de las ficciones de la sangre. Cercena de cuajo a los millones de peruanos que no ven reflejadas sus historias ni las de sus antepasados en ninguno de los personajes o las cosas que enarbola el señor Aita como constitutivas de una identidad nacional. La argamasa que sostiene todo este tinglado es, por supuesto, la religión católica, que el autor sólo puede entender como una fuerza centrípeta, pero no como una fuente de discursos legitimadores de la explotación y de las jerarquías sociales. Ve creencias, mas no instituciones ni sistemas de poder. Un intento serio por entender el rol de la religión en el surgimiento de la nobleza inca colonial tendría que considerar, como mínimo, que, en un lugar como el Perú, las ideas religiosas pueden cumplir estas dos funciones contradictorias, a veces en un mismo individuo: la de cuestionar las injusticias imperantes y la de reforzarlas. Sobre eso versa, por ejemplo, el intercambio epistolar entre el más famoso de los incas coloniales, José Gabriel Thupa Amaro, y el arzobispo y las autoridades ediles del Cuzco. Pero, en contraste con Pizarros y Almagros, este capitán llega completamente desarmado a la batalla, prefiriendo en cambio, en el último capítulo, trazar una serie de supuestos paralelos o “coincidencias” entre “las creencias andinas y las católicas”. Suena mejor de lo que es: un sumario de fiestas y devociones con el cual el libro se desinfla del todo. Se escuchan aquí los ecos de viejas teorías quinientistas sobre la “evangelización primitiva” de los Andes, pero cuyas múltiples capas el autor es incapaz de desentrañar en el marco de las polémicas de su tiempo. Por el contrario, el largo camino de sustitución de imaginarios que llamamos “cristianización” se vuelve aquí un simple acto de reconocimiento, que encuentra entre los incas coloniales a sus más apasionados proselitistas: “antes de la llegada de los españoles ya se retrataba a Wiracocha con ciertos aspectos de origen, fundamento divino y poder que son fácilmente identificable[s] con el concepto de Dios que traían los cristianos”.
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Podría haberles ahorrado toda esta lectura si hubiese copiado, al principio de la reseña, la última frase del libro, a la vez punto de partida y de llegada de todo este ejercicio circular: “[…] la primera globalización de la historia solo pudo tener éxito [?] siendo sostenida en la mano de Jesucristo”. Bart Erhman hace un excelente trabajo al explicar por qué este tipo de postulados no sólo permanecen fuera del análisis histórico sino también por qué, en ciertas ocasiones, son una muestra pavorosa de profunda deshonestidad intelectual (How Jesus Became God, cap. 4), por lo que no me detendré en este asunto. Ahora bien, dentro de los límites del ordenamiento jurídico, el señor Aita es libre de creer, escribir y publicar lo que quiera. Es libre de darles voz a los sectores más reaccionarios de nuestra sociedad, aquellos que quisieran ver en la historia un espejo de sí mismos. Es libre de buscar adeptos en aquella caja de resonancia en la cual unos buscan seguir mandando y otros, obedeciendo. La gente es igualmente libre de comprar, leer y comentar su libro (y ojalá que esta nota sea una invitación a hacerlo). Lo que no debe quedar sin respuesta es el intento de historicidio, de hacer pasar por interpretaciones históricas una serie de postulados identitarios y de consignas políticas que pertenecen a otro orden. Al autor le puede parecer que los incas coloniales son dignos de emulación en pleno siglo XXI y que hay que “reivindicarlos” como modelo de “la unión entre dos mundos”. Le puede parecer también que son la llave para que los peruanos podáis gozar de la “hispanidad” (a su manera, claro; por eso el inca encuadrado en la cruz de Borgoña de la portada). Puede compartir la defensa acérrima que hicieron estos nobles de la monarquía y de los privilegios sociales. Puede sentirse conmovido por las manifestaciones externas de piedad católica de estos “incas hispanos”, o con su rechazo a los reclamos legítimos que inspiraron la Gran Rebelión (algunos basados en el mensaje cristiano, por si acaso). Puede incluso que le parezca “natural” o necesario o predeterminado por una fuerza superior que exista el privilegio por “derecho” de nacimiento (¿qué es sino la nobleza?). Puede, por último, añorar un orden social que ya no existe e incluso anhelar su retorno. No lo sé a ciencia cierta, pues sólo ofrezco estas reflexiones a partir de este libro, pero no importa. Ni siquiera eso ameritaría sentarse ante un ordenador en pos de confirmar los prejuicios propios para empaquetarlos luego sin mucho cuidado y querer vendérnoslos como una historia que sólo llega a propaganda. Como en toda versión reaccionaria de nuestro pasado, lo que importa aquí no es tanto lo que se dice, sino lo que se deja de decir. Creer primero para ver después, y no al revés.
Imagen central: Inca no identificado. Papeles referidos a Juan Núñez Vela, Iglesia de Copacabana, Lima, reproducida en Gonzalez, S. (2016). «Writing Pre-Hispanic History in Viceregal Peru: The Dynastic Iconography of the Inca Kings.» History of Humanities 1(2): 231-249 (fig. 2).

Rafael Aita Campodónico, Los Incas Hispanos. La historia no contada de la conquista del Perú. San Sebastián: Ediciones del País Vasco, 2022.
02.08.2025

