La muralla colonial o la crítica literaria en el Perú

Félix Terrones

Paso una gran parte de mi tiempo en trenes. Entre cambios de andenes y vagones atestados o casi vacíos, me pongo al día de la actualidad literaria en América Latina. Al cabo de veinte años en Europa, confieso que sigo interesándome en lo que se publica y comenta en mi país, Perú. Y en eso no he cambiado mucho: cuando estaba en la universidad, a la que llegaba en la 129B, esperaba el fin de semana para leer las reseñas en Somos, El Dominical, el suplemento de La República o en las revistas universitarias. Con la llegada de internet, la novedad de la red nos hizo creer en una multiplicación de la diversidad. Fueron los tiempos de las bitácoras. Numerosos críticos y escritores las utilizaron para plantear sus ideas, polemizar entre ellos y crear a su público: pienso en autores como Gustavo Faverón, Patricia de Souza, Iván Thays, Camilo Fernández Cozman o Rocío Silva Santisteban. La lista no es exhaustiva, pero me basta para subrayar la diversidad de perfiles, sujetos con intereses disímiles, entre la academia y el periodismo, exiliados en el extranjero o instalados en Lima. Así, tras mi llegada a Francia, lejos de los periódicos, pude leer palincestos, Puente aéreo o Vano oficio y mantenerme al tanto de las novedades, aconteceres y, desde luego, chismes, rajes y peleas (merci Puerto el hueco). 

Durante esos años, no sólo en nuestro país sino también en diversas partes de América Latina, se vivió lo que muchos consideraron la democratización de la información y los puntos de vista. Si entre fines de los noventa y comienzos del nuevo milenio hubo suplementos culturales en La República y El Comercio, con la expansión de la red todo parecía apuntar a una mayor apertura. En otras palabras, los diarios ya no monopolizarían la crítica literaria, sino que, gracias a internet, se multiplicarían las reseñas, todas igual de legítimas. Todo esto sin olvidar la visibilización de literaturas que pasan al olvido tan pronto como aparecen por publicar en editoriales provincianas, sin renombre comercial o sin protectores. Además, quienes escribían en bitácoras lo hacían sin una remuneración que pudiera condicionar sus puntos de vista, razón por la cual muchos se entusiasmaron con un espacio virtual donde lo múltiple fuera la moneda común, un territorio donde no había centros sino que todo sería reinventado en un flujo constante. 

La realidad sería otra.

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Llego a París, donde debo pasar de la estación de Montparnasse a la de Lyon. Es la ciudad donde vivió tantos años Vargas Llosa, el mismo autor que, en movimiento permanente, polemizó en cartas públicas con Ángel Rama, Günther Grass, Kenzaburo Oé, entre tantos otros. Quizá Mario Vargas Llosa fue uno de los últimos autores que hizo del intercambio epistolar un verdadero terreno de discusión. En sus mejores tiempos, Vargas Llosa defendía sus ideas frente a interlocutores brillantes en una esgrima verbal que, además de sacar chispas, daba lustre al título de intelectual.

Por eso, una entrada que encuentro en redes sociales me parece sintomática. Con demasiada candidez para ser verdadera, José Carlos Yrigoyen —quien se encarga de las notas literarias en El Comercio— comparte un sucinto mensaje de Mario Vargas Llosa. Pero la candidez (fingida o no) de Yrigoyen no debería ser la del lector. Que un crítico literario, el mismo que publica sus notas en el diario de mayor circulación nacional, comparta ese mensaje debe ser interpretado como algo más que esos selfies de Instagram que los lánguidos fans de Daddy Yankee se toman con el cantante. En su laconismo, el mensaje de Mario Vargas Llosa expresa nuestra situación actual: ante la falta de adversarios en el campo de la crítica, el gran autor se contenta con arrojar unas palabras al mismo sujeto con quien supuestamente debería discutir y polemizar, siquiera por el placer de agitarnos un poco la modorra. ¿No acostumbraba a hacer eso Ignacio Echevarría, quien no dudaba en criticar a vacas sagradas como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o Arturo Pérez Reverte? Claro, hasta que el diario El País le bajara el dedo, dejándonos a los lectores sin sus columnas.

Pero regresemos a José Carlos Yrigoyen. Quien recuerda sus comienzos contestatarios y contraculturales puede tener dificultades para entender su derrotero. ¿El crítico que actualmente publica desde el conservadurismo más inobjetable no es el mismo que se enfrentaba en las páginas de Caretas con Elio Vélez, poeta ahora olvidado pero defensor de un hispanismo trasnochado? Después de haber publicado una serie de poemarios, Yrigoyen se decantó por la escritura de novelas en clave biográfica  que no alcanzaron aceptación crítica.1 No creo que, en otros ámbitos latinoamericanos, su pedigrí haya bastado para que se le atornillara en la butaca de crítico literario en el periódico de mayor difusión. Sin embargo, eso fue lo que ocurrió hace más de una década. Muchos años después, quizá necesitado de reconocimientos, Yrigoyen no duda en compartir el correo de Mario Vargas Llosa. Al publicarlo, lo convierte en la prueba de que el crítico ya no se concibe a sí mismo como una voz divergente o un contrapoder. Lo que le interesa, ni más ni menos, es ser la caja de resonancia del mismo autor que terminó convirtiéndose en un virrey que decidía el rumbo de nuestras letras. El crítico literario como comparsa. Sin duda, nos hace falta un Ignacio Echevarría que haga de la crítica un territorio de disputa y no uno de complaciente espejeo.

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Hace un mes, estuve en Buenos Aires. Visité librerías cuyos anaqueles y escaparates desbordaban de publicaciones de Eterna Cadencia, Mansalva, El cuenco de plata, Caja Negra, Beatriz Viterbo y otras editoriales locales. Dicen que Buenos Aires es el París de América Latina; yo diría que se parece a París tanto como Lima, solo que en más verdadero. Hay varias librerías, una vida de cafés, multitud de presentaciones y de publicaciones de autoras y autores de todas las generaciones. No por algo la literatura argentina es un territorio que —a diferencia del limeño o peruano, que termina siendo lo mismo— siempre ha evitado la concentración de reconocimiento en un solo escritor. Me resulta extraño imaginar una ciudad donde la literatura de un monstruo como Borges haya coexistido con la de autores tan disímiles como Sábato, Cortázar, Fogwill, Gallardo y tantos otros. De hecho, no sólo coexistió con ellas sin opacarlas, sino que además las iluminó con su aura, complejizándolas, haciéndolas más genuinas. Y esto ocurrió porque, entre otras razones, Buenos Aires es una urbe donde abundan los espacios de crítica literaria que consagran a autores con propuestas diversas, no necesariamente alineadas con los grupos editoriales. En el siglo XX, por ejemplo, una crítica publicada en Sur no tenía el mismo talante ni principios que una aparecida en Contorno. Todo esto sin olvidar, ya en el nuevo milenio, la presencia de críticos como Beatriz Sarlo, David Viñas, Dardo Scavino o Carlos Gamerro. Desde sus respectivas trincheras, irreconciliables entre sí, contribuyeron a (re)crear la literatura argentina. 

Buenos Aires es más que una ciudad a la que el deseo cosmopolita equipara con París cuando en verdad debería ser comparada consigo misma. Pese a las crisis —quizá gracias a ellas—la capital argentina desborda una vitalidad que explica la riqueza de su paisaje literario. Y quien dice “riqueza” también reconoce la calidad de sus lectores, a quienes se les puede encontrar en los cafés y transportes públicos, incluso en los parques. Sin necesidad de caer en la manida explicación de la oferta y la demanda, algo es muy cierto: la cantidad y calidad de publicaciones redunda en un público variado y exigente. Qué lejos sentí a los lectores bonaerenses de los limeños, completamente zombificados por el pensamiento único promovido desde El Comercio. Habría seguido pensando en una ciudad como Lima y su periódico y la crítica literaria que se publica ahí, pero ya debo preparar la maleta, llegar al aeropuerto y subir al avión que me llevará de regreso a Europa.

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Todavía no llego a mi destino. De hecho, ahora me encuentro en Ginebra, donde está enterrado Borges, quien reivindicaba a los ancestros que alcanzaron gloria durante las guerras republicanas en Perú. Las mismas guerras que terminaron con la colonia. O acaso no. Si bien nos independizamos políticamente, mucho de la colonia quedó en nosotros, según nos cuentan autores como José Carlos Mariátegui, Sebastián Salazar Bondy y Aníbal Quijano. Hasta parece que la muralla que circundaba la capital para defenderla de invasiones nunca fue derrumbada cuando se trata de literatura. Todo lo que queda fuera no forma parte del orden conocido, se queda en una categoría entre la pampa, el lejano oeste y la tierra comanche.

Eso explica el centralismo de la oferta cultural. ¿Dónde están las librerías en lugares como La Oroya, Cajamarca, Puno? Incluso Trujillo y Arequipa, dos de las ciudades más grandes, tienen una densidad de librerías y editoriales paupérrima si se les compara, por ejemplo, con Cali, ciudad colombiana que sin ser capital me parece mucho más viva que nuestra Lima. Detrás de la muralla capitalina, allende sus fronteras, apenas se pueden encontrar libros o lectores y, en consecuencia, autores. Quienes buscan publicar deben contentarse con una circulación local o regional sin mayor contacto con la capital. Al margen de consideraciones cualitativas, esto constituye una contradicción operativa. La literatura peruana no es la sumatoria de diversas experiencias regionales e idiomáticas, sino aquella reconocida como tal dentro de las murallas donde, evidentemente, sólo se habla español. Nada de quechua ni de aimara; todo eso no existe más que como accidente o decorado que, en lugar de interpelar, subraya las asimetrías. No olvidemos que el más grande autor peruano del siglo XX formuló su obra en los extramuros: Gamaliel Churata.

Un autor o una autora que quiera consolidarse a escala nacional debe pasar imperativamente por Lima. Que el reconocimiento a Karina Pacheco sea consecuente con su implantación editorial en Lima debe ser entendido en esta línea. Imaginemos un instante que ella se hubiera quedado en Cuzco: la difusión de su literatura difícilmente habría trascendido el espacio regional. En Argentina, autores no porteños como Juan José Saer, Copi o Héctor Bianciotti pudieron alcanzar un reconocimiento sin pasar por Buenos Aires. De hecho, todos esos autores se “saltaron” la ciudad porteña para proyectar desde el exilio la sombra de sus propuestas literarias. Lo mismo sería imposible en el caso peruano, donde si los autores desean un público, deben penetrar las murallas capitalinas. Con ese objetivo, movilizan diversas estrategias; entre otras, la más usual es publicar en una editorial “pequeña” para después dar el gran salto y alcanzar la secuencia del éxito literario peruano, perdón limeño: publicar con las transnacionales, comer Chizitos en el Hay Festival y, desde luego, ganarse una crítica complaciente de José Carlos Yrigoyen con las consabidas tres estrellitas.

 “Así se hace la literatura” (Roberto Bolaño, Nocturno de Chile).

Esto último no deja de repercutir en la oferta literaria. Ni siquiera el atisbo de diversidad literaria que hace décadas garantizaban editoriales como Mosca Azul, Horizonte, Colmillo Blanco, Lluvia, Mejía Baca, Campodónico o la misma PEISA, resulta posible en lo que va del siglo XXI. Y esto, básicamente, porque las grandes transnacionales –en otras palabras, Penguin y Planeta– no proponen una política que deje espacio a estéticas divergentes de lo estrictamente comercial. Desde luego, puede ocurrir que autores con una valía literaria como Rafael Dummet u Oswaldo Reynoso sean integrados al catálogo de dichas transnacionales, pero esto ocurre más como una apropiación de capital simbólico que como una apuesta por una propuesta estética. “Y sobre todo ocurre a destiempo, puesto que no les dieron la patadita de la suerte en su momento. Oportunismo y reescrituras del éxito”, me comenta un amigo.

El algoritmo del éxito que en la actualidad explica y determina las redes sociales se puede aplicar a la manera en que funcionan las transnacionales detrás de la muralla. Si uno quiere publicar en ellas, debe escribir sobre temas de moda, con un lenguaje que no represente mayor riesgo, así como promover una conciliadora imagen de autor. Al final, respetando las obvias (y muy dignas) excepciones, sin estar atado a los intereses creados, uno se queda con la sensación de la sistemática uniformización de escritores, muchos de ellos intercambiables, cuando no fusibles. ¿Si escriben más o menos igual, si todos son más o menos complacientes cuando no apolíticos, para qué memorizarnos sus nombres? La falta de estilo es un estilo en sí, el del mercado como medio para precipitar las cifras y vendernos siempre la última novedad.

El precio es la pérdida del autor en beneficio del “creador de contenido”.

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Regresemos a la crítica literaria y, para salir un poco del encierro, pensemos en el caso de Chile, en donde, durante las últimas décadas, Juan Manuel Vial (1971-2021) encarnó el modelo de crítico que conjugaba inteligencia con autonomía y voluntad por abrir el campo. Sus reseñas, que leí de un tirón hace unos meses, son el ejercicio metódico y exigente de interrogación de un paisaje literario dinámico y complejo con el cual el crítico buscó entrar en resonancia, sin desnaturalizarlo ni escucharse sólo a sí mismo. Alejado del narcisismo, los ajustes de cuentas, la prepotencia producto de inseguridades, pero sin olvidar los efectos del consumo de leche ENCI, a lo largo de los años, Vial abordó la literatura chilena con tanta generosidad y pasión que el resultado no sólo genera un paisaje personal y colectivo, sino que también recrea sus límites y desafíos. Por su coherencia y amplitud de miras, Vial resuelve una operación delicada, la de dejar un testimonio de lector insobornable y a la vez visionario.

De hecho, en su introducción a la antología de reseñas publicada por UDP, Andrés Braithwite señala como principal cualidad de Vial el que haya estado en “constante acecho de lo genuinamente prometedor” (9). Más adelante, en la misma página, apunta que el “patrimonio del crítico genuino lo constituyen los libros y autores nuevos que él supo reconocer cuando debutaron y nadie había hablado aún de ellos; los libros y autores cuyos méritos y potencialidades acertó a pronosticar” (9).

La clarividencia de crítico, su posibilidad de proyectar sus lecturas de cara a los lectores del mañana. 

La vanguardia de ahora y su encajamiento, que no domesticación, en determinada línea con respecto de la cual el crítico es un diapasón sensible.

Porque la literatura, además de los autores, incluye también a los críticos. Sobre todo en nuestros países, donde resulta tan difícil publicar si es que no se tiene una red previa. Así, muchas jóvenes promesas se quedan en eso, entre otras razones, por no haber encontrado una voz crítica que en su momento las respaldara. ¿Pero cómo podemos pensar en respaldar si ahora la crítica no busca lo original, sino que simplemente refrenda la valía de las apuestas transnacionales? Dentro de la muralla colonial se ha planteado un juego en pared entre la crítica de medios y las editoriales transnacionales. Que no queramos verlas porque estamos secuestrados por esas dinámicas no quiere decir que sean invisibles. Es más, operan con la mayor desfachatez. Si no queremos creerlo, pensemos una vez más en el correo enviado por Mario Vargas Llosa a José Carlos Yrigoyen y la manera en que éste lo cuelga en su muro de Facebook como si fuera un diploma, un certificado de asistencia o de buen comportamiento. Es, en realidad, la muestra factual de que la literatura se sigue haciendo en el marco de reconocimientos de ascendientes, poderes establecidos y lamentables refrendaciones de valías que en el fondo son inexistentes. ¿Qué queda afuera? Precisamente la literatura.

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(Problema del individuo y la situación. La pervivencia de lo colonial en nuestra literatura no es consecuencia de un solo sujeto, desde luego, sino de una multitud de elementos estructurales. El problema radica en que el individuo opera, sin ninguna distancia crítica, en la convergencia de dichos elementos. En otras palabras, la necesidad de echar abajo la muralla pasa por quien hace las de gendarme aduanero, legitimando desde una autoridad más que discutible quién ingresa y quién no. No es el mensajero, es el mensaje; nada personal; todo social y literario).

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Ya estoy llegando a mi destino. A mi lado, una pareja habla en alemán acerca de una novela de Navid Kermani, escritor germanófono de ascendencia iraní. Con todas las críticas que pueda hacerle al espacio germanohablante, su diversidad de voces, editoriales y medios de consagración permite constituir un territorio abierto a la imaginación. En el caso de la literatura peruana, lejos de haber aprovechado la riqueza de voces y pareceres que apuntaba a inicios de milenio, actualmente reconocemos el monopolio ejercido por el grupo El Comercio, el cual avanza en paralelo con cierto establishment de redes. Muchos autores que se las dan de alternativos, promotores de lo popular, difusores de lo chicha, dan saltitos de alegría apenas ven una nota o reseña de sus libros publicada en el suplemento Luces de El Comercio. No se dan cuenta de que están sometiendo su literatura a una economía de reconocimientos que la vacía del potencial transgresor que hay en ella; no se dan cuenta de que así le quitan alcance a su literatura y la domestican. 

Pero no todo está perdido. Felizmente, tenemos iniciativas como las de Lee por gusto, página que, sin apoyo de ningún tipo, difunde diversas literaturas tanto limeñas como provincianas, prestando especial atención a escrituras minorizadas secularmente. También pienso en Jorge Valenzuela, Luis Hernán Castañeda o Jorge Frisancho, quienes cada tanto comparten sus lecturas y proponen el diálogo o la polémica. Sin embargo, el impacto que pueden generar, si lo comparamos con el de la prensa institucionalizada, es mínimo. No es su culpa, desde luego, sino de nosotros mismos, los lectores y autores que reconocemos un ascendiente basado en el apellido, el capital, la gestión a dedo de los méritos; un ascendiente que, bien visto, no debería legitimar, pero en nuestra colonia es credencial de suficiencia para, desde la ociosa falta de preparación, disfrazar el dogma y la rusticidad como la más depurada sofisticación.

 Así, el crítico literario divinizado por el capricho familiar y la aceptación sin reservas de los lectores se encuentra en la convergencia de intereses que poco tienen que ver con la literatura. Desde ella, dictaminando valías, disfrazando caprichos de gusto refinado, ejerce su ascendiente y termina operando lo imposible: empobrece aún más nuestra literatura.  Que José Carlos Yrigoyen haya decidido, por ejemplo, no escribir o expresarse apenas de autores como Gustavo Faverón o Diego Trelles es más que elocuente. Al margen de las diferencias que uno pueda tener con ambos, son dos de los autores con mayor difusión actual. No reconocerlo, buscar invisibilizarlos, es otra muestra de la forma en que actúan las murallas coloniales. Al final de cuentas nos estamos enfrentando a una paradoja constitutiva de las letras limeñas. Me refiero a que su publicación mediante transnacionales vaya de la mano con una validación aldeana.

En lo que va del siglo XXI, hemos visto emerger propuestas literarias como las de autores mencionados arriba (a quienes yo añadiría Carlos Yushimito, Irma del Águila, Paul Baudry, Yero Chuquicaña, Katya Adaui y Giacomo Roncagliolo, entre otros). Varios de ellos apenas han sido analizados o discutidos en canales institucionales. Por su parte, autores como Jorge Cuba Luque, Braulio Muñoz, Luis Nieto Degregori, Alfredo Pita, Christiane Félip-Vidal o las desaparecidas Julia Wong y Patricia de Souza han enriquecido su producción —la cual toma cuerpo en los márgenes— en líneas alternativas a las consagradas editorialmente. El que sus trabajos no sean considerados con el mismo interés que despiertan quienes publican con las transnacionales debe ser entendido en clave estética. Estamos asistiendo al acta de defunción de la modernidad literaria y a la consolidación de fórmulas de consumo que privilegian lo temático —por ejemplo, lo racial —, pero abordado de manera soft, poco problemática.

Mi tren sigue viajando, por los altoparlantes anuncian la inminente llegada. Pero esa ya es otra historia; por el momento, culmino estas líneas. Quizá otra forma de regresar al Perú, sin aduanas, ni fronteras, una forma más imaginativa y, por eso mismo, más política.


Imagen central: detalle de La promenade du critique influent [El paseo del crítico influyente] (1865), de Honoré Daumier.

Notas

  1. El escritor y académico Jorge Valenzuela publicó la siguiente reseña: https://elmontonero.pe/columnas/nouvelle-incendiada

24.10.2025


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