Utopías cibernéticas

José-Carlos Mariátegui

Mi investigación sobre el futuro está relacionada sobre todo con la interpretación y discusión sobre tecnología y sociedad, tanto en el nivel conceptual como en el de su uso. Esto es particularmente evidente cuando se discute el desarrollo de la cibernética en América Latina. La década de 1970 fue un momento de importantes coyunturas históricas en la política y la economía mundiales. El colapso del sistema de tipos de cambio fijos de Bretton Woods, la primera crisis del petróleo —con sus tensiones y el aumento de los precios de la energía—, el crecimiento de los flujos de capital mundiales y la plataforma antiimperialista del Movimiento de Países No Alineados contribuyeron a crear un clima de gran incertidumbre sobre el futuro del planeta.  Estas crisis estructurales ofrecieron una oportunidad a las fuerzas políticas y económicas tanto de izquierda como de derecha para proponer un nuevo orden mundial dominante. A partir de la década de 1950, en plena Guerra Fría, la cibernética surgió como un puente crucial para pensar la gestión tecnológica en proyectos estatales, ofreciendo un lenguaje ideológicamente neutral. En particular, el politólogo Karl Deutsch aplicó los principios cibernéticos al análisis de los sistemas políticos, lo que prometía, a partir de la recombinación de datos, transformar las naciones de territorios geográficos estables a espacios abstractos e interactivos.

Sin embargo, sería un error considerar que este fenómeno sólo sucedía en los llamados países desarrollados. En aquella época, en América Latina, estaban emergiendo debates importantes y originales sobre tecnología, desarrollo y planificación.  Por ejemplo, en 1960, Manuel Sadosky, figura clave en el desarrollo de la computación en América Latina, fundó el Instituto de Cálculo en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Para Sadosky, el Instituto de Cálculo cumplía una triple misión: investigación, educación superior y servicio. El aspecto del servicio era una novedad en aquella época, ya que no se solía considerar parte de la práctica universitaria. Este tipo de interrelación entre la universidad, las empresas y las instituciones públicas significaba que la investigación académica podía influir en cuestiones nacionales importantes. Una figura destacada del Instituto fue Oscar Varsavsky, quien dirigió el grupo de investigación de Economía Matemática. Varsavsky fue pionero en los métodos de experimentación numérica, incluyendo ejercicios de simulación de escenarios futuros basados en una amplia gama de variables heterodoxas, incluida la variable política. Su creencia era que los modelos computacionales y los principios cibernéticos permitirían alcanzar una sociedad que no sólo prosperara económicamente, sino que también fomentara el potencial creativo y tecnológico de su población.

Uno de los primeros proyectos de CENTRO fue un “análisis de redes” para estudiar las Cooperativas de Producción Agropecuaria (CAPs) azucareras. Esta metodología, novedosa para su época, mapeaba las conexiones entre cooperativas e instituciones externas, y partía de la premisa de que las CAPs no operaban aisladamente sino como parte de una compleja red de relaciones. El análisis identificó flujos de bienes, servicios y asesoría entre cooperativas, entidades estatales y organizaciones privadas. Esta visión sistémica era revolucionaria para la época, pues mostró cómo las deficiencias no se limitaban a aspectos formales (contratos, sindicatos), sino que incluían necesidades sociales, culturales y de infraestructura. El estudio demostró la importancia de entender las cooperativas como sistemas interconectados.

Como parte de este fenómeno regional, se fundó en el Perú el Centro de Estudios de la Participación Popular (CENTRO), que podría considerarse el “think tank” del Estado peruano durante el gobierno del General Juan Velasco Alvarado. Fue dirigido por el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, con el apoyo de Oscar Varsavsky. A Ribeiro le atrajo mucho que un grupo de militares “anti-élite” buscaran iniciar una revolución social e implementar reformas radicales, renovando los regímenes arcaicos de propiedad en Perú y modernizando la administración y gestión de las empresas nacionalizadas. CENTRO fue un proyecto que dependía del SINAMOS (Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social), con aportes presupuestales de la Organización Internacional del Trabajo, pero tenía su propia estructura, lo que le permitía un grado de autonomía.

Otro proyecto visionario fue el apoyo de CENTRO para la creación, en 1974, de la Ley de Comunidades Nativas, la legislación más importante para pueblos indígenas en la historia del Perú. Esta ley reconoció por primera vez el derecho colectivo de propiedad sobre tierras y recursos naturales para todas las comunidades amazónicas. Hasta la década de 1970, existía muy poca información sobre las comunidades indígenas de la Amazonía peruana. El antropólogo italoperuano Stefano Varese, primer director de investigación de CENTRO, utilizó simulaciones por computadora que consideraban factores culturales, económicos y territoriales, para crear un modelo innovador y diferente de las tradicionales «reservas» indígenas.

Mi investigación en curso sobre CENTRO busca presentarlo como parte de la rica historia de la cibernética en América Latina, no como un fenómeno aislado, sino como un ejemplo de varias iniciativas tecnológicas en la región en dicha época. La década de 1970 en América Latina imaginó la tecnología como herramienta de participación ciudadana y bienestar colectivo, o en palabras de Darcy Ribeiro, una «utopía cibernética». Hoy enfrentamos una disyuntiva similar: ¿permitiremos que gigantes corporativo-tecnológicos concentren el poder extrayendo nuestros datos, o construiremos plataformas cooperativas que prioricen el beneficio común?

28.07.2025


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