En una historia atravesada por el persistente desprecio a los indios, serranos y cholos desde los espacios de poder, la masacre de medio centenar de peruanos ubicables en esas categorías durante el estallido social de diciembre de 2022 e inicios de 2023, perpetrada por el Estado, bien puede tomarse como una actualizada demostración del fracaso de una construcción nacional basada en el reconocimiento y ejercicio de una ciudadanía igualitaria para todos. Fracaso, pues, teñido de sangre en esta nueva ocasión, pero que por sus efectos se vive y se sufre, continuamente y de otras múltiples formas, en las experiencias cotidianas de millones de peruanos, generación tras generación, desde que se proclamara aquella vieja y falsa promesa republicana de igualdad. En este sentido apunta el argumento que —con limitaciones, de las que me ocupo más adelante— nos ofrece el antropólogo Ramón Pajuelo en La integración falaz (IEP, 2025), un ensayo escrito desde “la impotencia y la estupefacción” frente a dicha masacre, y que parte de ella para poner sobre la mesa y examinar en retrospectiva “el lugar de la etnicidad en la construcción histórica de la peruanidad; específicamente, en la instauración y reproducción de un orden republicano que sigue albergando formas de desigualdad ciudadana intolerables, complejas y dolorosas” (32).
Aunque no sea este un libro sobre el estallido social de 2022, las actitudes indolentes, racistas e indiferentes —principalmente limeñas— frente a las señaladas muertes y el clamor popular por justicia hacen hoy necesarios, y hasta forzosos diría yo, enfoques como el que Pajuelo busca introducir. Muestra de ello es, por ejemplo, la perplejidad que en 2024 expresaba el escritor Mirko Lauer ante la cuasi generalizada desaprobación de la presidenta Dina Boluarte, rechazo que para él “no hay cómo acabar de comprender”, ya que “salvo esa matanza inaugural que cometió, sus faltas son más bien menores”.1
Y es que la centralidad que Pajuelo le otorga a la dimensión étnica, desde una perspectiva histórica y antropológica de nuestra fallida construcción nacional, toma la forma de un llamado de atención a un establishment de analistas sociales y políticos que en los últimos tiempos tienden a infravalorar, o simplemente a pasar por alto, el enorme influjo de los factores étnicos imbricados en las disfunciones políticas, precariedades institucionales y otros dramas sociales del país. Factores que, cuando son advertidos, por lo regular aparecen reducidos a solo superficiales y toscas alusiones marginales a lo “étnico-racial” en piezas de opinión o en trabajos académicos y técnicos. Pero, también, hay en el libro una invitación a retomar y ampliar las sendas académicas sobre la etnicidad abiertas por investigadores como Julio Cotler, Fernando Fuenzalida, Carlos Degregori y Ludwig Huber, entre otros.2
El libro está estructurado en una introducción y tres capítulos seguidos por una reflexión final, más un breve anexo que contrasta las visiones literarias de Vargas Llosa y Arguedas sobre la diversidad peruana. El primer capítulo, “teórico” pero accesible a diversos públicos, cumple bien el cometido de subrayar la utilidad del concepto de “etnicidad” (en relación con otros como raza, cultura, nación e identidad) para el análisis de las fracturas sociopolíticas del devenir nacional. Frente a las manoseadas y restringidas nociones de raza y racismo, a las que comúnmente se apela muy a la ligera como explicaciones todoterreno de las inequidades y exclusiones en el país, el concepto de etnicidad se revela aquí como un instrumento analítico mucho más rico, potente y dinámico, el cual nos confiere una mirada aguda para entender la construcción de diferencias sociales a partir de las particularidades culturales (desde las costumbres, adaptaciones y formas de vida hasta las racionalidades e identidades), sin perder de vista el carácter relacional de dicha construcción por las interacciones entre distintos grupos; interacciones estas, a menudo tensas o conflictivas, de las que surgen tanto las fronteras étnicas o morales como también los modos en que los sujetos comprenden e interpretan sus diferencias con otros.
El segundo capítulo, titulado “El indio y el poder en el Perú: discusiones desde el IEP”, expone una revisión y evaluación “crítica” —quizás solo tímidamente crítica, o muy sutil, a mi modo de ver— de cómo se han abordado las cuestiones étnicas e indígenas en el Instituto de Estudios Peruanos, con un énfasis en las publicaciones de sus primeras décadas (años sesenta y setenta del siglo pasado). Aquí Pajuelo recorre las idas, venidas y tensiones de los variados enfoques sobre la etnicidad desarrollados en el Instituto, en conexión con temas emergentes a lo largo de esas décadas y las posteriores. Destacan aquí tópicos y conceptos como “pluralismo interno”, “dominación interna”, “triángulo sin base”, “estructura de poder arborescente” y “cholificación”. En su balance de esa trayectoria, Pajuelo advierte que, tras múltiples intentos por exorcizar los demonios del culturalismo y el esencialismo, terminó prevaleciendo en el IEP un enfoque mayormente “situacional” de la etnicidad, que se apoya sobre todo en miradas circunstanciales donde las diferencias étnicas tienden a apreciarse más como resultados de relaciones de conflicto y dominación (por ejemplo, en Cotler, Fuenzalida y, especialmente, Degregori), desdibujándose con ello lo específicamente cultural y el arraigo histórico de las tradiciones e identidades. He aquí, entonces, un llamado a que, en los nuevos estudios sobre etnicidad, no se tire al niño (la cultura) junto con el agua sucia de la batea (los esencialismos culturalistas).
Con base en tales consideraciones teóricas, Pajuelo desarrolla en el capítulo tercero su argumento y reflexión sobre el carácter “falaz” de la promesa republicana de ciudadanía igualitaria, en un arco temporal que va desde inicios del siglo XIX hasta la época neoliberal. Debo confesar que esta parte del libro me ha dejado sensaciones ambivalentes. Como ciudadano, comparto su tono político y de denuncia de la gran estafa que resultó ser aquella promesa fundacional; celebro, asimismo, que esto se diga en voz alta en un ambiente académico donde no todos tienen claro que la cuestión étnica es un problema teórico y político que requiere mayor atención; y reconozco, además, que hay aquí un esfuerzo serio por incorporar el concepto de etnicidad como una categoría analítica clave e ineludible en las lecturas del proceso histórico y el presente peruanos. Pero, como antropólogo e investigador, tengo que decir que no he hallado algo sustancialmente nuevo u original en la exposición de este tercer capítulo ni en su argumento central. Salvo quizás por la interpretación que el autor propone hacia el final acerca de la cumbia peruana como posible expresión de una búsqueda de la peruanidad “desde abajo”, sus demás planteamientos en torno a la opresión y exclusión de los indígenas y cholos, bajo el impulso de un proyecto nacional de integración homogeneizante, reiteran tópicos que no sólo son ya bien conocidos por los especialistas, sino que incluso hacen parte de las ideas de sentido común de muchos ciudadanos que adoptan posturas críticas frente a la historia y la realidad nacional.

Siembra de agua. Quelccanca, Cuzco. Fotografía de Musuk Nolte
El libro, en una valoración general, me deja la impresión de que las enormes posibilidades abiertas con las exploraciones del concepto de etnicidad y sus abordajes en el IEP terminan desinflándose, en el tercer capítulo, por dos motivos principales. En primer lugar, porque la riqueza analítica que cabría esperar en una entrada conceptual que reclama observar la cultura y las formas de vida, en tanto sustrato y sustancia de las etnicidades (como se propone en el primer capítulo), se reduce finalmente en la visión de Pajuelo a un enfoque muy estrecho, en el que le interesan sólo las identidades y autoidentificaciones étnicas subalternas (indígenas y cholas). ¿Que las identidades hacen parte de la etnicidad? Sin duda. Pero son solo su capa más externa, la más accesible a las percepciones (y, aun así, a veces solo de manera borrosa), mientras que las formas de vida, las racionalidades culturales, los mundos simbólicos y los “sentidos de pertenencia” no siempre ni necesariamente llegan a politizarse y expresarse en categorías étnicas identitarias. De ahí que un análisis étnico concentrado en las identidades sólo pueda aspirar a coger el rábano por las hojas, con gran riesgo de no llegar a coger nada.3
¿Y por qué importa esta disquisición conceptual? Pues —y he aquí el segundo motivo de mis reparos ante el libro— porque, para empezar, un uso del concepto de etnicidad que no mira más allá de las identidades degrada su fuerza analítica, incluso hasta el punto de hacerlo prescindible. Como en la postura de Guillermo Rochabrún, quien —en sus comentarios sobre este trabajo de Pajuelo, equiparando etnicidad con identidad— ha proclamado por escrito que la noción misma de etnicidad “debiera ser erradicada”.4 Pero, además —y más importante aún—, porque con ese reduccionismo identitario se evade por completo el que también las elites, los grupos dominantes o, en general, los sectores más acomodados e “integrados” del país, encarnan culturas, formas de vida, racionalidades y modos de establecer sus propias fronteras sociales para distinguirse de los cholos e indígenas, sin que nada de esto implique para ellos una autoidentificación “étnica”, ni la necesidad de autonombrarse con alguna categoría identitaria específica.5
Con esto último me refiero a las muchas particularidades culturales de los grupos privilegiados que saldrían a la luz mediante un análisis étnico verdaderamente amplio y profundo. Ante ellas, Pajuelo hace la vista gorda (excepto quizás en el anexo, que revisa la visión vargasllosiana de la música criolla como vehículo de integración). En su enfoque unilateral de las cosas, las únicas etnicidades que interesan para una lectura del proceso peruano son las indígenas, populares o marginalizadas. Y, dejando también de lado el principio relacional e interactivo de la teoría étnica, el autor nos ofrece un panorama en el que las etnicidades subalternas son oprimidas y excluidas por grupos dominantes genéricos, aparentemente homogéneos y limpios de cultura y etnicidad. En esta imagen, los dominadores excluirían a cholos e indígenas siguiendo perversas lógicas de preservación del poder meramente económicas o políticas, pero nunca culturales.
¿Se deberá este sesgo a que Pajuelo es un especialista en identidades indígenas y no precisamente en el mundo de las elites? Podría ser. No obstante, un episodio que el propio libro recoge (en su segundo capítulo) me lleva a pensar en si acaso la ceguera frente a las culturas elitistas y sus rasgos más perniciosos no tendría algo que ver con el propio lugar de enunciación. Me refiero a un debate sobre la oligarquía peruana presentado en un libro de 1969.6 Allí, ante dos miradas críticas del poder en el Perú, expresadas por los investigadores franceses François Bourricaud y Henri Favre, Jorge Bravo Bresani (notabilísimo representante del IEP) adoptó la singular postura de cuestionar la existencia misma de la oligarquía y calificarla más bien como un “mito”. Negación esta que no debería sorprender si tomamos en cuenta que el propio Bravo se había criado en un ambiente familiar limeño rodeado de comodidades y privilegios, y que era además miembro del muy oligárquico Club Nacional. No quiero decir con esto que Pajuelo tenga una visión elitista. Por el contrario, su trabajo —no solo en este libro— interpela al poder de una forma sincera. Sin embargo, el ambiente académico desde el cual escribe no se destaca demasiado, en la actualidad, por indagar críticamente en los costados culturales más problemáticos de unas elites limeñas que le son muy próximas.
Pero no siempre ha sido ésa la situación. En otros tiempos, los mismos de las “discusiones desde el IEP” que Pajuelo evalúa, se efectuaba allí mismo un examen crítico de las culturas y etnicidades de los diversos grupos sociales del país, no sólo de los subalternos. Por ejemplo, Jürgen Golte (a quien Pajuelo le dedica el libro), en el propio IEP y también en sus clases en la Universidad de San Marcos, pregonaba que la antropología peruana no tenía por qué concentrarse únicamente en los pueblos indígenas y sectores marginados, y nunca dejó de insistir en que se debían estudiar también las culturas de los grupos dominantes y las clases medias urbanas, justamente para comprender mejor cómo y por qué estos grupos mantenían en la marginalidad a otros. Carlos Degregori, por su parte, examinaba filudamente la cultura de las elites, a las que en ocasiones motejaba de “pueblos en aislamiento voluntario” (inclinados a recluirse hasta con guardias armados en el balneario de Asia). De hecho, su trabajo sobre “Etnicidad, modernidad y ciudadanía” en torno a las elecciones de 1990 es uno de los pocos que, desde la antropología, escarba en los recovecos más sombríos de la etnicidad limeña criollo-elitista en relación con la política (de este y otros análisis se deriva su posterior propuesta de impulsar una “interculturalidad para todos, y posiblemente más para criollos y mestizos que para indígenas”).7
Ambos dos —Golte y Degregori— incidieron no pocas veces en la pertinencia de enfocar lo que veían como “la imposición de una elite [criolla] con una cultura básicamente burocrática y rentista”, unida a un estilo idiosincrático de reproducción mediante redes asimétricas de reciprocidad clientelista.8 Y Degregori, en particular, observando las “relaciones interétnicas” y la construcción de otredades en el país, fue tal vez el primero en distinguir que la peruanísima categoría cultural de pituco, alusiva a un tipo social fácilmente reconocible por la mayoría de peruanos, era la cara externa de una etnicidad criollo-elitista imbuida de una racionalidad cultural supremacista: el pituco es no sólo la persona “creída”, que se siente superior a los demás; en realidad, el pituco es en su esencia cultural el “criollo” que expresa una “vieja arrogancia y prepotencia frente a las clases populares, especialmente de origen andino”.9 Repito: cualquier peruano identifica bien la otredad de un pituco (pero no cualquier antropólogo alcanza a comprender esa otredad como un asunto de diferencias y relaciones interétnicas).
Vemos, pues, que, cuando Pajuelo nos dice que pretende explorar “la formulación de la problemática étnica e indígena en las ciencias sociales peruanas” (que aquí toma él como sinónimo de “IEP”; 87), y «el lugar de la etnicidad en la construcción histórica de la peruanidad» (32), en la práctica se autolimita y nos presenta sólo una indagación del problema étnico-indígena con énfasis en lo identitario. Un examen más integral de las contribuciones del IEP al estudio de la etnicidad en el Perú podría incluir aportes como los indicados en los párrafos previos, además de otros muchos. Por ejemplo, los de F. Bourricaud sobre la oligarquía, los “patrones y gamonales” y las clases medias (con sus perspicaces observaciones acerca de la organización clánica y de gens en la elite criolla);10 las pesquisas de Fernando Fuenzalida en torno a las culturas y racionalidades de los mistis provincianos11 y de los sectores medios limeños ligados a la burocracia estatal;12 la mirada de Jorge Parodi sobre las relaciones interétnicas (entre cholos, serranos, criollos y talareños) en un entorno industrial limeño;13 la profusa etnografía de Jürgen Golte y Doris León sobre cómo el mundo simbólico de grupos aimaras y altiplánicos interviene en su ascenso hacia las clases medias y posiciones de elite económica,14 etcétera, etcétera, etcétera.
En suma, pienso que si queremos entender a cabalidad el quiebre de la promesa republicana de integración nacional y ciudadanía igualitaria, tendríamos que investigar las culturas de arriba y de abajo. Si ya todos sabemos que en el Perú los indios y cholos viven exclusiones de nunca acabar, las ciencias sociales y el concepto de etnicidad podrían ayudarnos a entender mejor el cómo y el porqué de ese fenómeno, con análisis étnicos para todos, y convenientemente más para criollos y mestizos que para indígenas.15

Ramón Pajuelo, La integración falaz. Exploraciones sobre etnicidad, indígenas y nación en el Perú. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2025.
Notas
- “Cómo escuchar el mensaje presidencial”, La República, 28.07.2024.
- Pienso también en Rodrigo Montoya y sus estudios sobre la “cultura quechua” y la “ciudadanía étnica”, por citar solo un caso de lo que se ha trabajado más allá del IEP.
- Esto bien puede ocurrir cuando las tensiones por diferencias culturales no se traducen en etiquetas o políticas identitarias. Términos como «terruco» o «provinciano» pueden usarse con una carga étnica, aunque no sea explícita. Y las otredades culturales de los grupos dominantes podrían reconocerse y rechazarse con expresiones como «explotadores», «comechados», «oligarquía», «caviares», etcétera. Más adelante me ocupo de la categoría cultural de «pituco».
- Rochabrún, G. (2024 Oct. 1). A propósito de “La integración falaz”, exposición de Ramón Pajuelo. Crítica y Debate: Sitio de Coyuntura [blog del IEP].
- Aunque a las elites y clases medias peruano-costeñas les pueda parecer extraño o hasta impropio que se les designe como grupos “étnicos”, se puede ver cuán fácilmente se les categoriza así cuando migran al extranjero. En los Estados Unidos, por ejemplo, automáticamente quedarían clasificados étnicamente como “hispanos” o “latinos”, o simplemente “peruanos”, no solo por operaciones administrativas estatales, sino también por sus reconocibles diferencias culturales frente a otros grupos.
- Bourricaud, F., Bravo, J. Favre, H., & Piel, J. (1969). La oligarquía en el Perú: 3 ensayos y una polémica. Instituto de Estudios Peruanos.
- Degregori, C. (1991). El aprendiz de brujo y el curandero chino: etnicidad, modernidad y ciudadanía. En C. I. Degregori & R. Grompone, Elecciones 1990. Demonios y redentores en el nuevo Perú: una tragedia en dos vueltas (pp. 70-142). Instituto de Estudios Peruanos. Sobre la propuesta intercultural: Degregori, C., & Huber L. (2006). Cultura, poder y desarrollo rural. En J. Iguiñiz, J. Escobal & C. Degregori (eds.), Perú: el problema agrario en debate – SEPIA XI (pp. 451-500). SEPIA.
- Golte, J., & Degregori, C. (2001). Pluriculturalidad, democracia y globalización. En IPAE (Ed.). Perú: ¿en qué país queremos vivir? La apuesta por la educación y la cultura. Tomo I: Cultura (pp. 147-171). IPAE.
- Degregori (1991, pp. 96-97).
- Bourricaud, F. (2017). Poder y sociedad en el Perú contemporáneo. Instituto de Estudios Peruanos.
- Fuenzalida, F. (2009a). Poder, raza y etnia en el Perú contemporáneo. En F. Fuenzalida, La agonía del Estado-nación: Poder, raza y etnia en el Perú contemporáneo (pp. 413-29). Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.
- Fuenzalida, F. (2009b). Colonialismo interno y burocracia: resistencia del Estado peruano al desarrollo. En F. Fuenzalida, La agonía del Estado-nación: Poder, raza y etnia en el Perú contemporáneo (pp. 413-29). Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.
- Parodi, J. (1986). «Ser obrero es algo relativo…»: Obreros, clasismo y política. Instituto de Estudios Peruanos.
- Golte, J., & León, D. (2014). Alasitas: discursos, prácticas y símbolos de un “liberalismo aymara altiplánico” entre la población de origen migrante en Lima. Instituto de Estudios Peruanos.
- Para una exploración alternativa de estos asuntos, puede verse la sección teórica de Nureña, C. R., Toche, C. L., & Perez-Pachas, J. (2022). El comportamiento electoral en el sur andino peruano frente a candidaturas de la elite criolla de Lima, 1980-2021. Discursos del Sur: Revista de Teoría Crítica en Ciencias Sociales, 10, 31-66.
05.10.2025

