Socialismos utópicos

Anna Cant

Durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado (1968-75), se habló mucho de la construcción de un ‘nuevo Perú’ y de la formación de un ‘hombre nuevo’. Se concibió la propiedad social como la base de la independencia económica y la democracia verdaderamente participativa. El proyecto económico giró en torno al modelo cooperativo, en el cual tanto las ganancias como los riesgos de las empresas serían compartidos por los socios. Las cooperativas responderían a las necesidades de la sociedad en lugar de los inversionistas extranjeros y, como socios, los trabajadores ganarían nuevas vías de participación política.

¿Era el proyecto velasquista una forma de “socialismo utópico”? Para muchos de los funcionarios que trabajaron en la implementación de las políticas velasquistas –remodelar la sociedad, reorganizar la economía, redistribuir la propiedad–se trataba de un proyecto político que requería tiempo, organización e instituciones, pero que era alcanzable con los nuevos recursos que el gobierno ponía a disposición y con la “mística” del pueblo y de los mismos funcionarios. En las regiones, muchos reorientaron el proyecto según lecturas propias y condiciones locales.

Sin embargo, resulta revelador examinar los términos ideológicos con que se dio difusión a las reformas del gobierno, especialmente la reforma agraria. Se inscribió a las cooperativas agrarias en una genealogía que arrancaba con Túpac Amaru y la lucha histórica por recuperar la tierra para quienes la trabajaban. Agencias estatales como el SINAMOS (Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social) resaltaban la necesidad de “formación ideológica”: las cooperativas funcionarían cuando sus miembros comprendieran la doctrina. Esa insistencia ignoraba limitaciones materiales y expectativas campesinas, lo cual generó tensiones entre pedagogía política y resultados económicos.

Desde el principio, la narrativa oficial fue impugnada. La derecha temía un viraje socialista; sectores de izquierda la juzgaban tímida; y muchos campesinos e indígenas apoyaban la redistribución, pero rechazaban que la tierra terminará controlada por grandes cooperativas estatales. Esas posiciones se expresaron en afiches, revistas, murales y mítines, e incluso individuos concretos, como el líder campesino Saturnino Huillca, se convirtieron en portadores de una utopía. Dentro del régimen también hubo serias confrontaciones entre el ala progresista liderada por figuras como Leonidas Rodríguez Figueroa e individuos conservadores como Javier Tantaleán Vanini.

La experiencia velasquista ofrece lecciones sobre las posibilidades y los límites de imaginar otra organización social, económica y cultural. Velasco hablaba de democracia en términos socioeconómicos y no meramente electorales. Despreciaba los comicios nacionales como fachada sin participación real, aunque alentó elecciones internas en las cooperativas. Allí, sostenía, el voto valía porque era menos vulnerable a la maquinaria partidaria. Sin embargo, el régimen nunca resolvió la contradicción entre fomentar la participación política y evitar la “manipulación política” que denunciaba.

Con respecto a la inclusión social, hubo un compromiso inédito con el quechua en la administración, la educación y la radiodifusión, pero también una apropiación populista de la música y los símbolos andinos para legitimar el gobierno. Esa ambivalencia evidencia los límites del proyecto cuando trataba la diversidad cultural como recurso político y no como derecho pleno.

Cuando asumió la presidencia en 1975, el general Francisco Remigio Morales Bermúdez prometió continuar la “revolución peruana”; sin embargo, los cinco años siguientes fueron de desmontaje sistemático de SINAMOS y de otras instituciones velasquistas. Construirlas había sido arduo; desmantelarlas también requirió decisiones burocráticas deliberadas que aún merecen mayor exploración archivística.

Al contrario de la idea de que las cooperativas murieron con el velasquismo, muchas sobrevivieron hasta la década de 1990. Para mantenerse, sus miembros diversificaron cultivos, probaron nuevos modelos de cooperativismo y defendieron la negociación colectiva en un país que giraba hacia el neoliberalismo. La mayoría fracasó, pero su persistencia se enlaza con el clima de experimentación incubado entre 1968 y 1975, y matiza la narrativa de una ruptura absoluta.

Conectar la época de Velasco con el conflicto armado interno también permite entender continuidades en las formas de imaginar y ejecutar el cambio social. Los espacios donde Sendero Luminoso prosperó coincidían con zonas rurales marginadas, donde la reforma no llegó o resultó insuficiente para alterar jerarquías locales. Al mismo tiempo, Sendero heredó de Velasco la aspiración de capturar el Estado para transformar la sociedad entera. Los vínculos biográficos lo evidencian: algunos líderes campesinos (ciertamente una minoría) formados en la estructura cooperativa se sumaron a sus filas buscando mayor participación política. 

Es interesante reflexionar sobre el papel de la temporalidad en la construcción y articulación de distintas visiones del futuro. Los documentos oficiales del gobierno de Velasco revelan la conciencia de estar “a contrarreloj”: cualquier gobierno civil intentaría revertir las reformas y, por eso, se debía actuar con premura. Esa urgencia produjo innovaciones vertiginosas, pero también improvisaciones que afectaron la ejecución. La densidad de los cambios condensados en siete años contrasta con la temporalidad difusa actual, en la que la postergación de elecciones y de rendición de cuentas parece interminable, lo cual alimenta la desesperanza que hoy se percibe en el país.

¿La era de Velasco encarna hoy un futuro recuperable? Predomina una nostalgia que políticos posteriores han explotado sin asumir cambios estructurales. Ollanta Humala adoptó el lema “no comerán de tu pobreza” y Pedro Castillo habló de una “segunda reforma agraria”, pero ambos se limitaron a matizar el modelo económico hegemónico, no a replantearlo de raíz. Los logros, contradicciones y fracasos del régimen de Velasco siguen interpelando a quienes buscan alternativas al neoliberalismo y al autoritarismo que, medio siglo después, aún se disputan el futuro peruano.

28.07.2025


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